LACUNZA
EL MILENARISTA
CiberEscrito N° 65 de MUNDO MEJOR
Dr. Iván Seperiza Pasquali
Quilpué, Chile
junio 2001

ANTELIBRO

Como génesis introductorio del libro, a modo de Antelibro, puedo señalar que poco se sabe del chileno Manuel Lacunza S. J. y a los 200 años de su muerte en Italia no parece que haya inquietud en darlo a conocer a pesar de, por muchos, entre la gente de peso intelectual, haber sido considerado una de las más grandes personalidades chilenas en el ámbito mundial... Careciendo yo de algún mínimo prestigio literario, siento, como chileno, que en esta página MUNDO MEJOR debo rememorar a quien admiro y a quien tanto el olvido de la Santa Ignorancia ignora.

En una página Jesuita chilena que encontré en InterNet descubrí esta carta publicada allí en el año 2000:

HISTÓRICA CONMEMORACIÓN
Bicentenario del Padre Lacunza
Me permito recordarle que el 2001 se cumplen 200 años de la muerte de Manuel Lacunza (Santiago 1731-Imola, 1801), uno de los más destacados pensadores jesuitas de la Colonia y, me atrevería a decir, de todos los tiempos, autor del monumental tratado teológico "La venida del Mesías en Gloria y Majestad" (1790). Su aporte a la cultura universal ha merecido el reconocimiento de intelectuales de la talla de Marcelino Menéndez Pelayo, Francisco A. Encina, Hernán Díaz Arrieta (Alone), Omer Emeth, Mario Góngora, Jaime Eyzaguirre, Armando Roa, Pedro Nolasco Cruz y Raúl Silva Castro, entre otros; además de académicos contemporáneos como Rodrigo Cánovas (Pontificia Universidad Católica de Chile), Maximino Fernández (U. de Metropolitana de Ciencias de la Educación) y José Miguel Oviedo (Universidad de Pennsylvania), a quienes se agregan los escritores S. T. Coleridge y Nicolás Berdiaev, junto a los chilenos Jorge Edwards, Hugo Correa y Miguel Arteche, entre otros. Por todo lo anterior creo que sería de justicia patrocinaran las siguientes medidas:
1) Editar en Chile, por fin, los tres tomos de "La venida del Mesías...", una de cuyas copias más fidedignas (manuscrita) custodia el Archivo Nacional Histórico.
2) Repatriar los restos mortales de Manuel Lacunza, que (según tengo entendido y puedo estar equivocado) aún descansan en Italia, contrariando la voluntad de un hombre que siempre añoró volver a Chile, como lo demuestran las hermosas cartas que envió a su familia desde su exilio en Imola.
3) Promover homenajes, encuentros y conferencias durante el próximo año 2001 en todas las instituciones académicas vinculadas a la Compañía de Jesús.
El autor de la carta cree de JUSTICIA que sean patrocinadas las tres medidas por él arriba señaladas y lo cree con sólidos argumentos que el pensamiento lineal no ha logrado eliminar. Estamos a medio año 2001, ¿qué se ha hecho? ¿Qué los frena? La Santa VERDAD no debe ser avasallada por la Santa Ignorancia como la llamaba Giordano Bruno. Pienso que el Padre Lacunza en su destierro en Imola, Italia, su magna OBRA en un solo libro de tres tomos, velada la dejó, al igual que velados quedaron los abundantes textos del Padre francés, también Jesuita, Teilhard de Chardin. Lacunza, como consagrado no podía decir coloquialmente a la luz mundana todo lo que presintió y visionó a la Luz del Sagrado Libro que lo acompañó, sin exponerse a la excomunión si lo hacía. Pese a ello expresó verdades milenarias que superan el razonamiento humano de su época y la actual. Eso es lo que, al presentar "La Venida del Mesías en Gloria y Majestad" intentaré mostrar como modesto homenaje de la página MUNDO MEJOR.

DESARROLLO

De lo poco que se conoce sobre Manuel Lacunza, quedan algunas cartas que él escribió desde su exilio en Imola, Italia, por ejemplo a familiares de Chile, como su madre, su abuela y una hermana. En ellas podemos conocer algunos pensamientos humanos de alguien que tuvo una vida y manera de pensar tan desapegada de lo humano y tan cercana a lo divino.

Soñaba con retornar a su patria y a los suyos.
Actualmente me siento tan robusto que me hallo capaz de hacer un viaje a Chile por el Cabo de Hornos. Y pues nadie me lo impide ni me cuesta nada quiero hacerlo con toda mi comodidad. En cinco meses de un viaje felicísimo llego a Valparaíso y habiéndome hartado de pejerreyes y jaivas, de erizos y de locos doy un galope a Santiago: hallo viva a mi venerable abuela; le beso la manos, la abrazo.

Soñaba con volver a saborear la comida criolla chilena:
Sus pollos, su charquicán y sus cajitas de dulce y también los bizcochuelos y ollitas de Clara y de Rosita.

La resignación:
Por donde vengo a entrar en alguna sospecha que debemos estar muy apartados, y que sin duda Nuestro Señor ha puesto mucha tierra y mucha agua entre Ud. y su hijo.
Prosigo en mi soledad y cada día con más contento.
Harto siento haberla interrumpido -la soledad- algunas veces por la curiosidad vana de ir a ver a Venecia o a Roma u otras ciudades, de donde no he sacado otro fruto sino la pérdida de tiempo y la distracción.

El absurdo destierro por ser jesuita fue muy duro para él y sus hermanos de fe:
Todos nos miran como un árbol perfectamente seco e incapaz de revivir o como un cuerpo muerto y sepultado en el olvido.
Entretanto nos vamos acabando. De 352 que salimos de Chile, apenas queda la mitad, y de éstos los más están enfermos, o mancones que apenas pueden servir para caballos yerbateros. Acaba de morir Ignacio Ossa, hermano de doña María; el otro hermano, Martín, ya murió cerca de tres años. Antomas, aunque siempre fue loco tolerado, ahora esta del todo rematado; ha estado en la loquería pública; más como no es loco furioso lo tenemos ahora entre nosotros, aunque encerrado con llave, porque ya se ha huido.
Lo que toca a nosotros está como siempre y nos vamos muriendo en silencio, y en paciencia debajo de la cruz. ¿Y que más queremos?
Solamente saben lo que es Chile los que lo han perdido: no hay acá el menor compensativo: y esta es la pura y santa verdad. Nadie puede saber lo que es Chile sino lo ha perdido.

Manuel Lacunza nació en Santiago de Chile el año 1731, a la edad de 16 años ingresó a la Compañía de Jesús y se ordenó de sacerdote. Un año antes de la disolución de la orden Jesuita y su expulsión, es iniciado en el cuarto voto. Más de 30 años tuvo que vivir pobremente en Imola, Italia, como uno más de los jesuitas expulsados. Hizo una solitaria vida de anacoreta en la que trabajaba de noche en su estudio de la Verdad, buscándola tras los velos de la palabra del Sagrado Libro, además de la contemplación de las estrellas por su inclinación hacia la astronomía. Al ministro español Antonio Porlier le explica en una carta que adoptó el seudónimo Juan Josafat Ben-Ezra
por haber sido ese uno de los rabinos más destacados que también escribió en el destierro. El año 1790 terminó su libro en tres Tomos y lo hizo en español al considerar que el latín disminuía la posibilidad de expansión de una doctrina para él religiosa más que intelectual. Murió el año 1801 sin haber obtenido la autorización de publicar ese, su libro. La edición inglesa de Ackermann de 1816 y 1826 es considerada la mejor de todas. En 1941 el Santo Oficio declaró que un milenarismo mitigado -como el de Lacunza- no podía ser enseñado. El conocimiento del libro, iniciado el siglo XIX, dio lugar al lacunzismo, un movimiento milenarista entre destacados pensadores de la época. Este entusiasmo de una elite se apagó y su autor en el olvido "Oficial" quedó. Pero la idea del retorno de Jesucristo con un Reino de mil años en la Tierra no desapareció.
después de 100 años
Hace 100 años, en 1901 el Presbítero MIGUEL RAFAEL URZÚA, compuso un trabajo con motivo de cumplirse el primer centenario de la muerte de Lacunza. De él veremos algunos párrafos que considero, después de 100 años, destacados:

En la mañana del día 17 de Junio de 1801, se encontró arrojado en un foso de las afueras de la ciudad de Imola en Italia, el cadáver del señor don Manuel Lacunza, sacerdote chileno, profeso en la que era entonces extinguida Compañía de Jesús.

Hacía más de treinta años que, proscrito de su patria, fijara allí su residencia, y en tan largo espacio de tiempo había llegado a conquistarse el respeto y la veneración, siempre crecientes, de cuantos le conocían. Las bellas prendas de su carácter humilde y bondadoso, su vida retirada y pobre, su aplicación infatigable al estudio, y más que todo, las pasmosas producciones de su ingenio, temas de interesantísimas discusiones, formaron en torno de su persona esa aureola de admiración, de simpatía y de curiosidad, que saben despertar los hombres superiores.

La desgraciada y misteriosa circunstancia de su muerte, debió producir, sin duda, penosa impresión entre sus amigos, y, en alas de las preocupaciones vulgares, contribuiría, más que ninguna otra cosa, a acentuar los encontrados juicios que se emitían sobre su vida y sobre sus, obras.

Un siglo ha transcurrido desde la muerte del P. Lacunza, y el tiempo, que es el mejor crisol de la verdad, le ha discernido los honores del genio, y lo ha colocado sobre el pedestal de los grandes hombres. Nadie le disputará el primer puesto entre los escritores chilenos. El sabio Gorriti, arcediano de la Iglesia Catedral de Salta, le llama. «el incomparable americano Lacunza, honra no sólo de Chile, que fue su patria, sino de todo nuestro continente». - El docto escritor que de él ha hecho el bien pensado artículo que se lee en el Diccionario Biográfico Americano de Cortés, le proclama «una de las glorias de la Teología en el siglo XIX, y sostiene que «en la Exégesis Bíblica se elevó a una altura a que no ha llegado ningún escritor moderno, ni en Europa ni en América» - Asegura el señor Menéndez Pelayo que «notables y ortodoxísimos teólogos ponen sobre su cabeza el libro del P. Lacunza, como sagaz y penetrante expositor de las Escrituras».

Con motivo de cumplirse en el presente año el primer centenario de la muerte de tan egregio varón, y cediendo a un sentimiento de orgullo nacional, me ha parecido oportuno consagrar a su memoria este pequeño trabajo, con el natural bochorno que me produce el íntimo convencimiento de mis escasísimas fuerzas.

«La ilustre ciudad de Santiago se gloría de contar entre sus hijos al P. Manuel Lacunza, nacido el 19 de Julio de 1731. Sus padres, don Carlos y doña Josefa Díaz, de noble alcurnia, aunque de mediana fortuna, le dieron una educación esmerada y religiosa, e hicieron que aprendiera las primeras letras, la gramática latina y la retórica, en nuestro colegio máximo. La iglesia de éste estaba frente de su casa, en cuyo solar tienen actualmente sus sesiones las Cámaras de la República. El 7 de Septiembre de 1747 fue admitido el joven Lacunza en la Compañía y hechos los votos del bienio, y repasadas las humanidades en Bucalemu, vino al mencionado colegio a seguir sus estudios de filosofía y teología, que cursó con notable aprovechamiento. Recibidas las órdenes sagradas, hizo su tercer año de probación, confiándole sus superiores la instrucción y dirección espiritual de los más jóvenes. Después, y probablemente aun antes de ella, fue profesor de latinidad; pero, no bastando esta sencilla ocupación a satisfacer la viveza y actividad de su genio, dedicóse al estudio de la geometría y astronomía, aunque con poco éxito, por carecer de los aparatos y demás utensilios necesarios para adelantar en las tales ciencias. Algo mejor lo obtuvo en la predicación, en la que se mereció cierta celebridad, a pesar de no ser su estilo el más perfecto y acabado. El 2 de Febrero de 1767 hizo la profesión de los cuatro votos, y medio año después fue deportado, como todos sus hermanos, primero a Cádiz y en seguida a Italia, y fijó, como ellos, su residencia en Imola» (P. ENRICH, Historia de la Compañía de Jesús en Chile, t. 11, página 495.)

El señor Menéndez Pelayo nos asegura que era el P. Lacunza «varón tan espiritual y de tanta oración, que de él dice su mismo impugnador el P. Bestard que «todos los días perseveraba inmoble en oración por cinco horas largas, cosido su rostro en la tierra».

Los ex P.P. jesuitas D. Ramón Viesca y D. José Valdivieso, comienzan el extracto que hicieron de la defensa de la obra del P. Lacunza. «Ha salido algunos arios ha una obra manuscrita intitulada: La Venida del Mesías en Gloria y Majestad. Su autor es un docto americano de Chile, profeso que fue de la Compañía de Jesús, hombre cuyo carácter humilde y afable le granjeaba las voluntades de cuantos le conocían y trataban, cuyo retiro del mundo, parsimonia en su trato, abandono de su propia persona en las comodidades aun necesarias a la vida humana, y aplicación infatigable a los estudios, le conciliaban el respeto y admiración de todos, aun de aquellos que sólo por noticias le conocían, cuyas fatigas y desvelos en el estudio y meditación constante, jamás interrumpido atento y profundo de los libros santos, Santos Padres, y de los sagrados intérpretes, por espacio de más de treinta arios de una vida enteramente libre de toda otra ocupación, nos ha producido finalmente el famoso parto de su no vulgar ingenio en la obra de que hablamos»

En nuestra Biblioteca Nacional se conservan dos copias que se consideran auténticas: una que fue de propiedad del Iltmo. señor Obispo electo de Santiago, don José Antonio Martínez de Aldunate; la otra, verdadera obra de arte con un hermoso retrato del autor, traída de Europa por el P. González Carvajal, amanuense del P. Lacunza y mandada hacer por un pariente de éste.

Inmenso fue el entusiasmo que despertó la obra del P. Lacunza, apenas se tuvo conocimiento de ella. "Entre los jesuitas en general, dice el P. Enrich, al momento se dividieron las opiniones, defendiendo cada uno la suya con el cual no pudieron moderar nuestros PP. Generales o Vicarios hasta después de la restauración de la Compañía. Desde entonces el P. General impidió que publicasen sus opiniones los que se habían agregado de nuevo a ella; pero no siempre pudo moderar las conversaciones o disputas privadas. El acaloramiento se comunicó bien pronto a los extraños, y de Europa pasó a esta América del Sur, donde encontró apasionados lectores y entusiastas panegiristas, sin que le faltaran tampoco al libro denodados antagonistas." (Historia de la Compañía de Jesús en Chile, t. II, pág. 458)

Trajo por resultado que la Sagrada Congregación del Indice se avocase el libro La Venida del Mesías, y después de largos estudios, diera con fecha 6 de Septiembre de 1824 su sentencia definitiva en estas palabras: Prohíbitum quocumque ídiomate.

Hechas estas consideraciones, entremos ahora a estudiar los cargos formulados por los informantes.

1.er Cargo. «El objeto principal de la obra, a saber: el Reino de Cristo en la tierra por mil arios antes de la resurrección universal; por ser opinión constantemente desaprobada por los Santos Padres desde el fin del tercer siglo, y haber sido rechazada aun en los primeros por la parte más sana de la Iglesia, como un dogma peregrino y singular».

Respuesta. - El Reino de Cristo por mil años aquí en la tierra está expreso en la Santa Escritura, y nadie podrá negarlo sin terminante declaración de la Iglesia. El milenarismo fue profesado en los primeros tiempos de la Iglesia, y sólo después del siglo tercero se convino en no hablar más de él, por las ideas sensuales y groseras con que lo desfiguraron los herejes.

2.º Cargo. «La doble resurrección, una parcial en la venida del Mesías, y otra general al fin del mundo; porque cuantas veces se hace mención en las Sagradas Escrituras de la resurrección, siempre se dice será única, general y al fin del mundo; excepto una sola vez que en el Apocalipsis se nombra la resurrección primera, pero en otro sentido, como largamente ha demostrado anteriormente».

Respuesta. - Basta que una sola vez lo diga el libro del Apocalipsis para que tenga tanto valor como si lo dijera veinte, y lo dijeran todos los escritores sagrados.

3.er Cargo «La doble conflagración del mundo, la primera parcial cuando la venida del Mesías a reinar sobre la tierra, en la que sólo perecerá una parte del linaje humano, y la segunda al fin del mundo, la que acabará con todo aquél; porque San Pedro y San Pablo y los demás escritores sagrados hablan de una conflagración ».

Respuesta. - Las Santas Escrituras dan a entender que cuando venga el Señor, o cuando llegue el día del Señor, vendrá en contra de sus enemigos, y por consiguiente contra ellos será el fuego y su furor.

4.º Cargo: «Aquella mezcla de comprensores y viadores que con que supone durante los mil arios de aquel reinado; la cual Santo Tomás demuestra con razones naturales ser absurda».

Respuesta. - Esta mezcla de comprensores y viadores consta de la Sagrada Escritura, como puede verse por los con textos citados en la contestación a los cargos anteriores. Pudo señalarse el lugar en que Sto. Tomás sostiene esa imposibilidad de vivir mezclados los comprensores con los viadores; así podría estudiarse el sentido en que lo afirmó el Santo, porque se hace muy duro pensar que hubiera pretendido negar, con razones naturales, cosas expresas en la Revelación y que sólo por ella pueden ser conocidas.

5.º Cargo: «El que baje del cielo la Jerusalén material, para servir de metrópoli del Reino de Cristo acá en la tierra; lo cual fue acérrimamente impugnado por San Jerónimo y otros Padres, y también por todos los escritores con eclesiásticos cuando pensaron en ello Tertuliano, y algunos otros; y no bien suscitó de nuevo esta idea el P. Vieyra cuando fue condenado al silencio».

Que San Jerónimo y otros Padres hayan combatido esta opinión contra Tertuliano y otros, no significaría otra cosa sino que era ésta una opinión discutible; y si sobre ella nada ha definido la Iglesia, no hay por qué rechazarla, estando expresa en la Sagrada Escritura.

6.º Cargo: «El que asegure con tanto aplomo que su sistema está claramente expreso y revelado en las Sagradas Escrituras, y que casi todas las profecías contenidas en ellas se refieren al tiempo intermedio entre la venida del Mesías y el juicio universal».

Respuesta . - Aunque no podría responderse a este cargo sin contar con largo espacio, sin embargo, creo que una sola observación dará luz más que suficiente para desvanecerlo. Muchas son las profecías que anuncian un tiempo muy feliz aquí en la tierra, tal como no lo ha habido jamás. Hay una especie de oposición entre lo que nos anuncian los profetas y lo que nos dice el Evangelio; pero esta oposición es sólo aparente: admítase el reinado de los mil arios en que N. S. Jesucristo tomará en su mano todo poder y toda autoridad, y se verá cómo la paz y la justicia serán entonces los atributos de su diestra.

7.º Cargo. «El que niegue referirse a la resurrección general las palabras de Cristo según San Lucas, cap. XX, 35: Qui digni habebuntur saeculo illo, et resurrectione ex mortuis, ex filii sunt, neque nubentur ultra mori porterunt; aequales enim angelis sunt; lo que admiten todos los doctores».

Respuesta. - Suponiendo que el dictamen u opinión de todos los Santos Padres y doctores fuera uniforme en la explicación de este lugar del Evangelio, puede todavía preguntarse si lo han estudiado de oficio fijado su interpretación literal; o si sólo lo han tratado como materia predicable, y en tal caso ¿podría tacharse de errónea o herética la opinión que sostiene que puede referirse a la primera resurrección?

8.º Cargo. «Que diga, contra el común sentir de los Santos Padres, ser una mera parábola la sentencia de Cristo, según San Mateo, cap. XXV, 31: cun venerit Filius hominis in majestate sua, etc».

Respuesta. - Este pasaje ha sido citado infinitas veces, y tal vez no haya un solo sacerdote dedicad, o a la predicación que no lo haya usado; así que, no es Paro que los Santos Padres lo hayan empleado constantemente en las instrucciones al pueblo. La simple lectura, no sólo del presente pasaje, sino de todo el capítulo, dará la prueba m s convincente de que es una de las tantas parábolas de que usó el Salvador para grabar mejor su doctrina en sus oyentes. Todo el capítulo, de donde está tomado este pasaje, es sólo de parábolas: desde el versículo 1.º hasta el 14 refiere la de las diez vírgenes; desde el 14 hasta el 31 la de los siervos y los talentos; desde el 31 hasta el fin la de que tratamos sobre el juicio universal. Por los vivísimos colores con que N. S. Jesucristo pinta este juicio, se ve claro que pretendía materializar las cosas que enseñaba. Esas ovejas colocadas a su derecha, esos cabritos colocados a su izquierda, esos diálogos del Señor con los justos y con los pecadores ¿no están indicando que es una parábola? ¿o se piensa que el juicio universal ha de ejecutarse con todas esas circunstancias?

9.º Cargo. «El que pretenda no haberse cumplido casi nada de lo que han vaticinado los profetas sobre el regreso de los judíos de la cautividad de Babilonia, y que se ha de cumplir todo en su segunda vuelta de la presente dispersión».

Respuesta. - Partiendo de la base de que Dios es infinitamente veraz, y que su palabra ha de cumplirse sin que falte una tilde...

10.º Cargo. «Que aplique a la Sinagoga, más bien que a la Iglesia, lo que dice el Apocalipsis sobre la mujer vestida del sol, contra la sentencia común de los intérpretes ».

Respuesta. - Todos los intérpretes convienen en que esta mujer vestida del sol es una alegoría que representa, según algunos, a la Iglesia, según otros a la SSma. Virgen, etc., lo cual indica que no es unánime su aplicación a la Iglesia. El P. Lacunza prueba que todas las cosas, que expresa esa alegoría pueden sin inconveniente aplicarse a la Nación Judía, y hace ver que le sienta como un traje hecho sobre la medida de su cuerpo. Me parece que en esto usa de su pleno derecho, y él mismo convida a meditar el punto para encontrar otra interpretación que sea mejor que la suya. Prueba que aplicada a la Iglesia no se acomoda, y a la SSma. Virgen es ofensiva e impía.

11.º Cargo. «El que se hayan de restablecer los sacrificios y solemnidades de la ley antigua; en lo cual concuerda demasiado con Eunodio y Papías».

Respuesta. - Consta del libro 2.º de los Macabeos cap. 11: «Que será desconocido el lugar hasta que reúna Dios la congregación del pueblo y se muestre propicio». Como ve el lector, la primera parte del cargo no significa nada en contra del P. Lacunza, puesto que la Sagrada Escritura lo dice y nada ha definido la Iglesia. Por lo que respecta a la segunda, el cargo es tan vago que parece ridículo. El P. Lacunza pide en el prólogo de su obra, que por justicia no la confundan con la de Enodio Papiá.

12.º Cargo. «Que para probar su sistema retina muchísimos textos de la Sagrada Escritura, extrayéndolos de una y otra parte, los cuales considerados en sus propios lugares tendrían un sentido muy diverso».

Respuesta. - El P. Lacunza es el apóstol del sentido literal de las Escrituras, y no sólo se contenta con el texto, sino que se impone de todo el contexto de los pasajes que cita. El P. Fray Pablo de la Concepción que dio el notable informe sobre La Venida del Mesías para su publicación en la ciudad de Cádiz, trae un párrafo que responde a este cargo y que yo suscribo en todas sus partes. El párrafo dice así: «La verdad, la abundancia, la naturalidad de los pasajes que alega de la santa Escritura, así del antiguo como del nuevo Testamento, de tal manera inclinan el entendimiento al asenso de su sistema, que me atrevo a decir: que si lo que él dice es falso, jamás se ha presentado la mentira tan ataviada con el sencillo y hermoso ropaje de la verdad, como la ha vestido este autor, porque el tono de ingenuidad y de candor, la misma sencillez del estilo, el convite que siempre hace a que se lea todo el capítulo, y capítulos de donde se toma, y que preceden o siguieren a los pasajes que alega, la correspondencia exacta no sólo de las citas sino también del sentido que a primera vista ofrecen los sagrados textos; todo esto, digo yo, dan tan fuertes indicios de verdad, que parece imposible rehusarle el asenso a no estar obstinadamente preocupado en favor del sistema contrario».

13.º Cargo. «El que interprete muchos lugares de la Sagrada Escritura en un sentido muy diverso del que les, da el unánime consentimiento de los Padres y doctores católicos ».

Respuesta. - Cítese un solo lugar en que el P. Lacunza interpreta la Sagrada Escritura contra el unánime sentir de los Santos Padres, cuando este está revestido de todas las condiciones que han establecido los teólogos para que tenga fuerza de ley.

Tales son los cargos, o reparos, o cosas dignas de reprobarse que, en la obra La Venida del Mesías del P. Lacunza, han encontrado el Excmo. Cardenal Fontana y el P. Zechinelli, ambos nombrados por la Sagrada Congregación para informarla sobre ella.

Esta es también mi humilde opinión, que fundo en las siguientes razones:

1.º En que los repasos del Excmo. Cardenal Fontana, y del P. Zechinelli no prueban en la obra ni error, ni herejía, ni inmoralidad, ni algo que se les parezca.

2.º En que algún temor asaltaría al P. Zechinelli al suscribir esos cargos, cuando se quedó tan perplejo que trató de desvirtuarlos. En su informe llega a decir: «Si no conviene que la obra circule libremente, ni que se prohiba absolutamente Tal vez bastaría el que únicamente se prohibiese su impresión en Roma», etc.

3.º En que el teólogo español, nombrado por la Sagrada Congregación después del Excmo. Cardenal Fontana, teniendo a la vista los cargos que este había hecho, defendió y recomendó la obra, agregando que «pudiendo fácilmente abusar de ella los ignorantes y tímidos no conviene se imprima; por no ser razonable publicar para bien de pocos lo que ha de ser para daño de muchos».

Fundado pues en estas razones, y en que jamás se ha formulado un cargo que convenza la obra del P. Lacunza de error o de inmoralidad, parece ser razonable confirmarse en la idea de que ha sido prohibida solamente por pura cautela.

En nuestro humilde concepto, creemos que todas esas razones pueden expresarse en la forma siguiente: Una simple cautela fundada en la inconveniencia de que ese libro, siendo lectura de sólo gente piadosa e ilustrada, circule libremente, por el peligro de que, atraídos por el interés que despierta, personas ignorantes o de dañadas intenciones adopten, con verdadero fanatismo, interpretaciones groseras de algunos pasajes del P. Lacunza.

El sabio Gorriti, Arcediano de Salta, dice: «Aconsejo al joven eclesiástico que lea y haga un estudio formal de la obra del incomparable americano Lacunza, honra no sólo de Chile, que fue su patria, sino de todo nuestro continente, titulada «La Venida del Mesías en gloria y majestad, por Juan Josafat Ben-Ezra», impresa en Londres. No es mi ánimo aconsejar la adopción de su sistema sobre la segunda venida del Mesías: sobre esto cada cual formará su juicio después de leídas y examinadas las pruebas. Quiero indicar una fuente donde, el que desee leer las Santas Escrituras con provecho, encontrará reglas muy justas y claras; aprenderá a apreciar los intérpretes y se facilitará la inteligencia de casi toda la Escritura. Tampoco es mi ánimo retraer a los jóvenes eclesiásticos de consultar a los expositores sagrados, sino advertirles que deben primero procurar enseñorearse del sentido recto, natural o literal de los textos, antes de buscar alegorías o sentidos figurados: después de entender la escritura en su sentido natural, sacará mucho provecho en instruirse de los sentidos místicos o morales que los Santos Padres han encontrado y explicado en sus homilías y comentarios, para edificación del pueblo cristiano».

Autorizan plenamente para repetirle a quien las diga la conseja popular:

Es el más fácil mentir
El mentir de las estrellas,
Puesto que nadie ha de ir
A preguntárselo a ellas.

Contestes están todas las personas que han leído La Venida del Mesías en decir que el inmenso acopio de ciencia, la perseverancia en el estudio, el talento analítico y sintético, las dotes de escritor, las abstracciones del filósofo, la lógica contundente del polemista etc., dan muestras claras de que el P. Lacunza es un genio verdaderamente portentoso.

El sabio autor del artículo Lacunza que se lee en el Diccionario Biográfico de Cortés, corrobora estas ideas diciendo: «Esta obra (La Venida, del Mesías) es la clave más preciosa que se conoce para la interpretación de toda la Sagrada Escritura, encontrándose con ella, claros como la luz, los pasajes más oscuros que anteriormente se habían presentado como impenetrables a los ingenios más sublimes. Al principio causó bastante sorpresa a varios sabios el sistema de nuestro autor, lo cual produjo varios escritos que lo impugnaron, pero sin razones convincentes, y sólo con declamaciones y lugares comunes, sin que pudiesen debilitar en lo más mínimo el monumento erigido por Lacunza. Empero, si tuvo algunos contradictores aun entre los mismos jesuitas, le sobraron también de entre ellos muy hábiles defensores. Pasada la primera sorpresa, producida por la originalidad del libro, se ha ido desvaneciendo gradualmente ese antagonismo, y a la época en que nos hallamos, ya es muy frecuente la adhesión de los comentadores al sistema Lacuncista, al milenarismo cristiano».

Concuerda en estas apreciaciones el Iltmo. señor Torres Amat, quien, en su traducción de La Vulgata, termina una nota puesta al capítulo 20 del Apocalipsis con estas palabras que ya antes he citado y que me permito repetir: «El sabio jesuita Lacunza ha escrito en estos últimos años, a favor de los milenarios puros o espirituales, una obra con este título: «Venida del Mesías en gloria y majestad, por Juan Josaphat Ben-Ezra». Dicha obra es digna de que la mediten los que particularmente se dedican al estudio de la Escritura, pues, da luz para la inteligencia de muchos textos oscuros; pero no miro conveniente que la lean aquellos cristianos que sólo tienen un conocimiento superficial de nuestra Religión, por el mal uso que pueden hacer de algunas máximas que adopta el P. Lacunza». Sin embargo, veo con sorpresa que esta sensatísima nota ha sido quitada en las ediciones posteriores. ¿A qué, obedece esta determinación? No lo sé. El señor Torres Amat es muerto y los editores evidentemente han mutilado sus escritos.

El P. Lacunza con toda la ciencia de un sabio en la más amplia acepción de la palabra, con la sublime e inquebrantable entereza del héroe que no desmaya, con la encendida fe del santo que no busca más que la gloria de Dios, y con la vibrante voz del profeta, demolió para siempre en los estudios religiosos el principio de autoridad tradicional, rémora eterna en el avance de los conocimientos científicos, y que en la Iglesia parecía montaña de granito. Su obra es grandiosa y fecunda, y coloca a su autor en la fila de los Genios madres, directores de generaciones y siglos.

Es posible que muchos crean ver en esta evolución un grave peligro para nuestra fe, por cuyo motivo con persistencia levantan la voz, dando gritos de alarma; pero la Iglesia, que nada ha condenado en el P. Lacunza, espera tranquila, pues sabe que su vida es la verdad, y que esta, siendo una emanación del mismo Dios, se abre paso en el campo de las ideas con fuerza incontrastable y con infinita suavidad.

MIGUEL RAFAEL URZÚA, Presbítero
1901


después de 200 años
Han pasado 200 años de la muerte de Manuel Lacunza S. J. y admiro el valor que tuvo hace 100 años el Presbítero Miguel Urzúa, al referirse de manera favorable sobre el Padre Lacunza tal como lo hemos visto en las cuartillas precedentes. En relación con su muerte señaló:
En la mañana del día 17 de Junio de 1801, se encontró arrojado en un foso de las afueras de la ciudad de Imola en Italia, el cadáver del señor don Manuel Lacunza, sacerdote chileno, profeso en la que era entonces extinguida Compañía de Jesús.
La desgraciada y misteriosa circunstancia de su muerte, debió producir, sin duda, penosa impresión entre sus amigos, y, en alas de las preocupaciones vulgares, contribuiría, más que ninguna otra cosa, a acentuar los encontrados juicios que se emitían sobre su vida y sobre sus, obras.
Al leer este relato de la solitaria muerte de un hombre iluminado, recuerdo la vida de otro iluminado, como lo fue Teilhard de Chardin S. J. y busco en la gran biografía que le dedicó Robert Speaight, donde se señala:
Para Teilhard ni el Paradisum se cantó, y no había presente más que un puñado de personas... Cuando al fin pudo ser enterrado, junto a los hermanos de la Compañía, de Jesús, no había nadie presente.
Cuánta diferencia pienso yo, la de los funerales de ambos iluminados con la de otros vistos en televisión, fastuosos y admirados... tan parafernálicos por decirlo de alguna manera.

En esta sección os mostraré una breve selección de los abundantes párrafos del libro "La Venida del Mesías en Gloria y Majestad" tomados de sus tres tomos. Intento destacar solo algunos de los variados tópicos de la obra que no ha sido reimpresa desde las primeras impresiones. Fue publicada por primera vez en Cádiz, por F. Tolosa, en 1811. Al año siguiente estaba prohibida por la Inquisición. Hasta 1826 tuvo diez ediciones en España, Méjico, Estados Unidos, Italia, Francia y Gran Bretaña. Manuel Belgrano (1770 - 1820), preclara mente de la Argentina, una de las figuras descollantes de la historia de la Independencia en América, en 1816 costeó en Londres la impresión de la obra del chileno Manuel Lacunza de una copia manuscrita que había sido revisada y aprobada por el autor. Belgrano lo hizo para que alcanzara esa obra gran divulgación. En 1826 se hizo, también en Londres, la segunda edición de ACKERMANN, que se considera la mejor y que es de donde he tomado los párrafos que a continuación irán. Pienso sobre tanta basura literaria que se imprime en hermosas y atractivas ediciones de lujo, y tanto libro de real valor que se desecha e ignora...


Dictamen que para la impresión de esta obra, dio en Cádiz el año de 1812
el Muy Reverendísimo Padre Fray Pablo de la Concepción, carmelita descalzo de dicha ciudad

     SEÑOR PROVISOR Y VICARIO;

     Pocas cosas se han encomendado a mi cuidado que hayan puesto mi ánimo en tanta perplejidad y angustia como la censura que Vuestra Señoría me manda dar sobre la obra intitulada: La venida del Mesías en gloria y majestad, compuesta según aparece por Juan Josafat Ben-Ezra, que se supone judío convertido a nuestra religión cristiana, católica, apostólica, romana. La causa de mi angustia, señor, es la misma grandeza de la obra, y el conocerme, como en realidad me reconozco, incapaz de dar sobre ella un dictamen firme y seguro, que deje tranquila mi conciencia, y la descargue de la responsabilidad que se teme, ora la condene, ora la apruebe.

     Habrá ya como veinte años que leí por la primera vez dicha obra manuscrita con todo el interés y atención de que soy capaz. Desde entonces se excitó en mí un vivo deseo de adquirirla a cualquiera costa, para leerla muchas veces, estudiarla, y meditarla con todo el empeño que ella se merece y que yo pudiese aplicar. Logré mi deseo en efecto, y ya hay algunos años que tengo a mi uso una copia, que he releído cuantas veces me lo han permitido las demás ocupaciones anexas al santo ministerio sacerdotal, y a los deberes de mi profesión. Todas las veces que la he leído, se ha redoblado mi admiración al ver el profundo estudio que tenía su autor de las Santas Escrituras, el método, orden, exactitud que adornan su obra, y sobre todo la luz que arroja sobre los más oscuros misterios y pasajes de los libros santos.

     La verdad, la abundancia, la naturalidad de los pasajes que alega de la Santa Escritura, así del Antiguo como del Nuevo Testamento, de tal manera inclinan el entendimiento al asenso de su sistema, que me atrevo a decir: que si lo que él dice es falso, jamás se ha presentado la mentira tan ataviada con el sencillo y hermoso ropaje de la verdad, como la ha vestido este autor, porque el tono de ingenuidad y de candor, la misma sencillez del estilo, el convite que siempre hace a que se lea todo el capítulo, y capítulos de donde toma, y que preceden o siguen a los pasajes que alega, la correspondencia exacta no sólo de las citas sino también del sentido que a primera vista ofrecen los sagrados textos, todo esto, digo yo, da tan fuertes indicios de verdad, que parece imposible rehusarle el asenso, a no estar obstinadamente preocupado en favor del sistema contrario.

     Sin embargo, cuando considero los muchos siglos que han pasado en la Iglesia, sin que en todos ellos se haya hablado de este sistema sino como de una opinión fabulosa, cuando advierto que unos padres y doctores tales como Jerónimo, Agustino y Gregorio, y todos los teólogos que los han seguido, la miran con aversión, y algunos la tratan de error, no puedo dejar de estremecerme y temblar, pareciéndome menos arriesgado errar con tan sabios y santísimos maestros, que acertar por aventura, siguiendo mi propia inclinación y dictamen.

     Verdad es, y esto me tranquiliza algún tanto, que la materia que se controvierte deja en salvo la fe de la Santa Iglesia, y que sea cual fuere el extremo que se abrace, por ambas partes hay una sola fe, y un solo Señor Jesucristo, a quien los dos partidos creen y adoran por su Dios. Todos creemos, y lo cantamos en el símbolo, que este rey soberano ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos: éste es el artículo de nuestra fe, del cual jamás se ha desquiciado ni desquiciará la Iglesia católica, ni ninguno de sus fieles hijos. La controversia, pues, sólo se versa sobre el modo y circunstancias de esta venida que todos creemos. Es decir, que la opinión común de nuestros tiempos ciñe la venida de Jesucristo a sólo el acto terrible y solemnísimo de juzgar definitivamente a todo el linaje de los hombres, y dar, públicamente a cada uno por toda la eternidad el premio o castigo que merezcan sus obras; y nuestro autor, sin excluir ni dudar de la verdad de este juicio, la extiende a que de antemano a este último testimonio de la soberanía y divinidad de nuestro Señor Jesucristo asiente por un tiempo su trono y tabernáculo entre los hombres, todavía viadores, habite con ellos, que estos sean todo su pueblo, y el Señor sea su Dios conocido y adorado por ellos. Sabemos que esta opinión no es nueva, y que los padres de los cuatro primeros siglos de la Iglesia, entre los cuales se cuentan discípulos de los mismos apóstoles, pensaron de este modo, sin que tampoco condenasen a los que opinaban de otro, según se colige de las expresiones de San Justino Mártir en su diálogo con el judío Trifón.

     Si se abandonó la opinión o sentencia de estos primeros padres, y desde el siglo quinto en adelante ha prevalecido hasta nuestros días la contraria con tanta firmeza y seguridad, es a mi entender, lo uno por los groseros errores que los herejes del siglo III y IV mezclaron a la sana doctrina de aquellos santos, y lo otro porque la inmensa erudición y venerable autoridad del máximo doctor San Jerónimo, que se declaró abiertamente contra los Milenarios, sin distinguir entre los católicos y herejes, pudo hacer que se envolviesen todos en la condenación general de su doctrina. Lo que parece cierto es que la opinión de los Milenarios sin la mezcla de los errores que introdujeron en ella los herejes era tan común y tan seguida de los católicos, que el mismo San Jerónimo lo da claramente a entender en la introducción del libro XVIII de los comentarios sobre Isaías; pues habiendo dicho que una grandísima multitud de los nuestros seguían en este único punto la sentencia de Nepos y de Apolinar, añade estas notables palabras: Bien preveo cuantos se levantarán contra mí. Que es manifestar claramente lo extendida que estaba la opinión contraria a la del santo doctor. Y es de advertir, que los comentarios sobre Isaías, cuyo último libro es el 18, los concluyó el santo entrado ya el siglo V, hacia el año de 409. Prueba convincente de que en aquella época era muy común en la Iglesia la idea del reino de Jesucristo en la tierra, que es el fondo de la sentencia de los Milenarios. Mas como la inmensa doctrina, autoridad, y merecido nombre de San Jerónimo se había declarado contra aquel pensamiento, en lo que también lo siguió el grande doctor San Agustín, fue perdiendo terreno, y por último se abandonó como asunto que no interesaba a la pureza de la fe, que se miraba todavía muy remoto, y al que de otra parte se habían mezclado errores groseros justísimamente condenados por los doctores eclesiásticos y por la Iglesia misma.

     Mas esta infalible y prudentísima maestra de la verdad, al paso que ha condenado los errores de Cerinto y demás herejes que mancharon con sus groserías el puro sistema de los Milenarios, nada ha decidido contra estos, como reflexionan bien los autores que han escrito los catálogos de los herejes y herejías, y singularmente Alfonso de Castro, minorita, en su apreciable obra Adversus hereses. Por manera que esta sentencia no tiene contra sí, sino la autoridad de los padres y teólogos desde los fines del quinto siglo en adelante. Grande y muy digna de nuestra veneración es la autoridad de tantos, tan sabios y santos doctores; mas con todo eso no basta para colocar su sentir entre las verdades de fe, no habiéndose sancionado por la infalible autoridad de la Iglesia Santa. Todo lo cual persuade y declara bien el autor en el discurso de su obra.

     En virtud de estas reflexiones se tranquiliza por esta parte mi espíritu, y sólo tiene que luchar con el profundo respeto que le merecen unos doctores a todas luces tan venerables. Pero habiendo aprendido de ellos mismos, y entre otros de San Agustín, que sólo a los divinos libros y a la decisión de la Santa Iglesia se debe dar un asenso ilimitado, rendido y absoluto; bien se podrá sin temeridad examinar el sistema del autor, aunque contrario a estos sabios doctores, y ver si el aparato de las pruebas y de los testimonios que alega en favor de su sentencia, merece nuestra aprobación o nuestra censura, y esto es lo que voy a ejecutar en cumplimiento del mandado de Vuestra Señoría.

     Dos puntos capitales, entre muchos otros de menor consideración, son el fondo y la clave del sistema de Ben-Ezra. El primero es que Jesucristo ha de venir a nuestro globo con todo el aparato de majestad y gloria que nos describen los libros divinos, no sólo para dar en él la sentencia definitiva sobre todos los hijos de Adán, sino también para reinar en este mundo antes que llegue el tiempo de esta sentencia, para ser conocido a una de todas las naciones de la tierra, y para que haya una época feliz en nuestro globo en que todos sus habitantes, capaces de razón, conozcan y adoren a Jesucristo por Hijo de Dios vivo, y de consiguiente a su Padre que nos le envió para nuestra salud, con todos los demás misterios que enseña nuestra sagrada religión. El segundo, que en el principio de aquel dichoso tiempo, los judíos que con tan admirable providencia se conservan dispersos y abatidos entre las naciones, han de convertirse a Jesucristo, lo han de reconocer por su Mesías, y han de volver a ser el pueblo amado de Dios, a quien adorarán en verdad y en espíritu, con provecho universal del mundo entero.

     Estos dos puntos que, como dije ya, son los esenciales en el sentencia del autor, me parecen demostrados teológicamente con la multitud de autoridades de la santa Escritura que alega en su abono, y con la claridad con que ellas los expresan; y si estos puntos, que son los principales en que se oponen los dos sistemas, los juzgamos teológicamente demostrados, se salva la sustancia de la obra y el primer objeto de su autor. Todos los demás artículos que en ella se tocan, van ordenados a estos dos grandes acontecimientos, y a declarar en lo posible el modo con que han de verificarse; y aunque muchos de ellos son en sí mismos de la mayor consideración, mas respectivamente al sistema vendría a ser indiferente que sucediesen de la manera que el Josafat dice, apoyado siempre en la Escritura, o que sucediesen de otro modo. Así que, aunque se llegara a probar que alguno o muchos de estos puntos no serían conforme los explica el autor, no por eso se desquiciaría y caería lo esencial de su sistema.

     No dejo de conocer, sin embargo, que la obra ofrece algunas dificultades de peso, que si hubiera vivido el autor, ya se las habría yo expuesto para que me las explicase y resolviese; y ahora con más razón lo haría, y las esforzaría en esta censura. Pero con todo, ellas no me parece pueden oscurecer la copia de luces con que nos persuade la sustancia de su sistema. Por lo cual, y por las profundas y largas reflexiones que sobre todo él tengo hechas, mi dictamen es, que en dicha obra no se contiene cosa alguna contra nuestra santa fe, antes bien puede servir para conocer y declarar muchas verdades, cuyo conocimiento no era de absoluta necesidad en los primeros siglos de la iglesia, pero que en nuestros tiempos es indispensable conocerlas. Y por lo respectivo a las costumbres, no sólo no contiene cosa alguna contra ellas, sino que por el contrario puede contribuir mucho a su reforma, como se verá por los motivos que ligeramente voy a apuntar.

     Primeramente da una idea magnífica llena de gloria y majestad de nuestro Señor Jesucristo y de su inmenso poderío, con lo cual estimula a temerlo y amarlo, que es la fuente de toda justicia. Infunde además un profundo respeto a la veracidad de las Santas Escrituras, y empeña a su lectura a todos los fieles, y muy particularmente a los sacerdotes, a los cuales pertenece más que a otros su exacta inteligencia y su explicación. A los verdaderos cristianos llena de temor y temblor, al mostrarlos por el desenfreno de las costumbres amenazados de la funestísima calamidad que ahora están sufriendo los judíos de ser arrojados del salón de las bodas, que es la Iglesia, a las tinieblas exteriores de la incredulidad, en las que perdido Jesucristo nuestro Salvador, se pierden eternamente ellos. A los incrédulos e impíos que han renunciado la fe que profesaban, les pone presente con energía y verdad, la horrenda suerte a que están reservados si no detestan sus blasfemias y errores, y si no cesan de pelear contra el Señor y contra su Cristo. A todas las clases de los hombres puede ser provechosa, porque los hace entrar en sí mismos, considerar su eterno destino, y evitar así su propia ruina y la desolación de toda la tierra, pues ya nos dijo Dios por un profeta: enteramente ha sido desolada toda la tierra: porque no hay ninguno, que considere en su corazón.

     Por todo lo cual juzgo que se puede, y aun debe permitir su impresión. Mas debo advertir por lo perteneciente al ejemplar que Vuestra Señoría me ha enviado, que está lleno de yerros de imprenta, así en el texto como en las citas. Algunos están corregidos, pero aún faltan muchos que enmendar, lo cual es indispensable con toda prolijidad por manuscritos exactos, antes que se dé a la imprenta, si Vuestra Señoría permite que se dé, pues en materia de tanta monta cualquier yerro puede dañar mucho.

     Este es mi dictamen, salvo meliori. Dado en este convento de Carmelitas Descalzos de la ciudad de Cádiz a 17 de diciembre de 1812.

Fray Pablo de la Concepción. 


Cinco temas de lo extensamente escrito por Lacunza destacaré. Previo hacerlo os invito a intentar visualizarlo en un viaje mental al pasado y contemplarlo solo, de noche, aterido de frío y a la luz de una vela, escudriñando la Escritura y escribiendo de manera meditada lo que el Sagrado Libro a él le revelaba. Con sorpresa inicial, dudas, profundo dolor y renovada esperanza veía un futuro tan diferente a su tiempo presente. Entendía por ejemplo la metáfora profética de la gran ramera o meretriz cuyo cuerpo no era el de una mujer sino que... la que se venderá a los señores y príncipes del mundo en lo que al parecer corresponde al actual presente. Esa futura realidad que no sabía si relatar o no, lo llevaba a pensar cómo expresarlo si escrita la dejaba, para no ser condenado por hereje ni su libro clausurado por satánico y a la santa hoguera llevado, a manos de la jerarquía de sus pares que ya condenado a la miseria en el cruel destierro lo tenía por el solo hecho de ser un Sacerdote Jesuita más y nada más... Pero era mucho más, ya que se trataba de uno de esos escasos iluminados seres que transitan por la humana vida. La inspiración en él supera a la humana duda y da lugar a la certeza revelada que abrumado y consternado en parte lo deja y extasiado lo pone al contemplar, por sobre las tribulaciones y miserias humanas, el retorno de Jesucristo en Gloria y Majestad. Escribe y fundamenta intentando velar lo duro de esa realidad futura y a su vez advertir a los venideros para evitar o atenuar lo que él en éxtasis bíblico visionó.

Entre los velos varios conceptos escritos los dejó para satisfacer la vanidad del dogma, con la esperanza que su obra no fuera estigamatizada y desterrada al olvido... bajo las sacras palabras: Prohíbitum quocumque ídiomate. Realidad sucedida y que en vida, por fortuna, él ignoró.

Primer tema:
SOBRE LA INTERPRETACIÓN BÍBLICA
* No me atreviera a exponer este escrito a la crítica de toda suerte de lectores, si no me hallase suficientemente asegurado: si no lo hubiese hecho pesar una y muchas veces en las mejores y más fieles balanzas que me han sido accesibles, si no hubiese, digo, consultado a muchos sabios de primera clase, y sido por ellos asegurado (después de un prolijo y riguroso examen) de no contener error alguno, ni tampoco alguna cosa de sustancia digna de justa reprensión.
* La novedad en cualquier asunto que sea, mucho más en la inteligencia y exposición de la Escritura Santa, debe mirarse siempre con recelo, y no admitirse ni tolerarse con ligereza: mas de aquí no se sigue que deba luego al punto desecharse como peligro, ni reprobarse ligeramente por sólo el título de novedad. Esto sería cerrar del todo la puerta a la verdad, y renunciar para siempre a la esperanza de entender la Escritura Divina... en la misma Escritura hay todavía infinitas cosas oscuras y difíciles que no se entienden, especialmente lo que es profecía... Ahora digo yo: estas cosas que hasta ahora no se entienden en la Escritura Santa, deben entenderse alguna vez, o a lo menos proponerse su verdadera inteligencia; pues no es creíble, antes repugna a la infinita santidad de Dios, que las mandase escribir inútilmente por sus siervos los profetas. Si alguna vez se han de entender, o se ha de proponer su verdadera inteligencia, será preciso esperar este tiempo, que hasta ahora ciertamente no ha llegado. Por consiguiente será preciso esperar sobre esto en algún tiempo alguna novedad. Mas si esta novedad halla siempre en todos tiempos cerradas absolutamente todas las puertas, si siempre se ha de recibir y mirar como peligro, si siempre se ha de reprobar por solo el título de novedad, ¿qué esperanza puede quedarnos?
* Se confunde demasiado lo que es de fe y creencia divina de toda la Iglesia católica, con lo que es de fe y creencia puramente humana o mera opinión.
* Una opinión por común y universal que sea, puede muy bien ser en la Iglesia una buena fe, sin dejar por eso de ser una fe puramente humana.
* Ahora, estando las cosas de que hablamos en este estado de opiniones o de oscuridad, sin saberse de cierto dónde está la verdad, ¿quién prohibe ni nos puede prohibir en una causa tan interesante, buscar diligentemente esta verdad?
* Todo lo que tengo que deciros se reduce al examen serio y formal de un solo punto, que en la constitución o sistema presente de la Iglesia y del mundo, me parece de un sumo interés. Es a saber: si las ideas que tenemos de la segunda venida del Mesías, artículo esencial y fundamental de nuestra religión, son ideas verdaderas y justas, sacadas fielmente de la Divina Revelación, o no.
* No se puede negar que muchas cosas se leen en la Escritura, que tomadas, según la letra, y aun estudiando prolijamente todo su contexto, no se entienden. Pero ¿qué mucho que no se entiendan? ¿Os parece preciso y de absoluta necesidad, que todo se entienda y en todos tiempos? Si bien lo miráis, esta ignorancia, o esta falta de inteligencia en muchas cosas de la Escritura, máximamente en lo que es profecía, sucede por una de dos causas o porque todavía no ha llegado su tiempo, o porque no se acomodan bien, antes se oponen manifiestamente a aquel sistema, o a aquellas ideas que ya habíamos adoptado como buenas. Si para muchas no ha llegado el tiempo de entenderse, ni ser útil la inteligencia, ¿cómo las pensamos entender? ¿Cómo hemos de entender aquello de la sabiduría infinita que Dios quiso dejarnos revelado, sí, pero  ocultísimo debajo de oscuras metáforas, para que no se entendiese fuera de su tiempo? La inteligencia de estas cosas, no depende, señor mío, de nuestro ingenio, de nuestro estudio, ni de la santidad de nuestra vida; depende solamente de que Dios quiera darnos la llave, de que quiera darnos el espíritu de inteligencia. Porque si el gran Señor quisiere, le llenará de espíritu de inteligencia, y Dios no acostumbra dar sino a su tiempo; mucho menos aquellas cosas que fuera de su tiempo pudieran hacer más daño que provecho. Los antiguos es innegable, que no entendieron muchas cosas que ahora entendemos nosotros, y los venideros entenderán muchas otras, que nos parecen ahora ininteligibles; porque al fin no se escribieron sino para algún fin determinado, y este fin no pudiera conseguirse, si siempre quedasen ocultas. Ocultas estaban, y lo hubieran estado toda la eternidad sin escribirse, ni habría para que usar esta diligencia inútil e indigna de Dios.

Segundo tema:
SU DEFENSA EN FAVOR DE LOS MILENARIOS

* Con esto se empezó a renovar en mí cierta sospecha, que siempre había desechado, como poco fundada, mas que por entonces me pareció justa. Ésta era que los intérpretes de las Escrituras, lo mismo digo a proporción de los teólogos y demás escritores eclesiásticos, teniendo la mente repartida en una infinidad de cosas diferentes, no podían tratarlas todas y cada una, con aquella madurez y formalidad que tal vez pide alguna de ellas. Por consiguiente podía muy bien suceder, que en el grave y vastísimo asunto de Milenarios no fuese error ni fábula todo lo que se honra con este nombre, sino que estuviesen mezcladas muchas verdades de suma importancia con errores claros y groseros.
* ¿La Iglesia ha decidido ya este punto? ¿Ha condenado a los Milenarios? ¿Ha hablado sobre este asunto alguna palabra? Esta noticia, que no hallamos en autores graven y de primera clase, por ejemplo, en los citados poco ha, la hallamos no obstante en otros de clase inferior, los cuales por el mismo caso que son de clase inferior, ya por su precio intrínseco, ya por su poco volumen, andan en manos de todos, y pueden ocasionar un verdadero escándalo. Entre estos autores, unos citan un concilio y otros otro. Los más nos remitan al concilio romano, celebrado en tiempo de San Dámaso. Empecemos aquí.
* San Dámaso celebró en Roma, no uno solo, sino cuatro concilios. ¿En cuál de ellos se decidió el punto de que hablamos? Las actas de estos concilios, en especial de los tres primeros, las tenemos hasta ahora, y se pueden ver en Labbé, en Dumesnil, en Fleuri, etc. El primer concilio de San Dámaso fue el año de 370, y en él se condenó a Ursacio, y a Valente, ostinados y peligrosísimos Arrianos. El segundo fue el año de 372, y en él fue depuesto Auxencio de Milán, antecesor de San Ambrosio, y se decidió le consustancialidad del Espíritu Santo. El tercero fue el año de 375, y en él se condenó a Apolinar y Timoteo, su discípulo, no por Milenarios, que de esto no se habla una sola palabra, sino porque enseñaban, que Jesucristo no había tenido entendimiento humano, o alma racional humana; sino que la divinidad había suplido la falta del alma. Ítem: porque enseñaban, que el cuerpo de Cristo era del cielo; y por consiguiente de naturaleza diversa de la nuestra, que después de la resurrección este cuerpo se había disipado, quedando Jesucristo hombre en apariencia, no en realidad. El cuarto concilio fue el año de 382, de cuyas actas no consta absolutamente, como dice Dumesnil, y lo mismo Fleuri. Parece que el asunto principal de este concilio fue decidir quién era el verdadero obispo de Antioquía, si Flaviano o Paulino, y así se ve que el Concilio dirigió su letra sinodal a Paulino, a cuya defensa, parece verosímil que viniese a Roma San Jerónimo, que era presbítero suyo, como ciertamente vino con San Epifanio, y se hospedaron ambos en casa de Santa Paula.
* Supuestas estas noticias que se hallan en la historia eclesiástica, preguntad ahora a aquellos autores de que empezamos a hablar, ¿de dónde sacaron que en el concilio romano de San Dámaso se decidió el punto general de los Milenarios? Y veréis como no os responden otra cosa, sino que así lo hallaron en otros autores, y éstos en otros, los cuales tal vez lo sacaron finalmente de los anales del cardenal Baronio hacia el año 375. Mas este sabio cardenal, ¿de dónde lo sacó? Si lo sacó de algún archivo fidedigno, ¿por qué no lo dice claramente? ¿Por qué no lo asegura de cierto, sino solo como quien sospecha o supone que así sería? Este modo de hablar es cuando menos muy sospechoso.
* La verdad es que la noticia es evidentemente falsa por todos sus aspectos. Lo primero porque no hay instrumento alguno que la compruebe; y una cosa de hecho, y de tanta gravedad, no puede fundarse de modo alguno sobre una sospecha arbitraria, o sobre un puede ser.
* Una cosa me parece muy mal, generalmente hablando, en los que impugnan a los Milenarios: es a saber, que habiendo impugnado a algunos de estos, y convencido de error en las cosas particulares que añadieron de sayo, o ajenas de la Escritura, o claramente contra la Escritura, queden con solo esto como dueños del campo, y pretendan luego, o directa o indirectamente, combatir y destruir enteramente la sustancia del reino milenario, que está tan claro y expreso en la Escritura misma. La pretensión es ciertamente singular. No obstante, se les puede hacer esta pregunta. ¿Estas cosas particulares, que con tanta razón impugnan, y convencen de fábula y error, las dijeron acaso todos los Milenarios? Y aun permitido por un momento que todos las dijesen, ¿son acaso inseparables de la sustancia del reino de que habla la Escritura? Este examen serio y formal, me parece que debía preceder a la impugnación, para poder seguramente arrancar la cizaña sin perjuicio del trigo; mas las impugnaciones  mismas, aun las más difusas, muestran claramente todo lo contrario.
* Tres clases de Milenarios debemos distinguir, dando a cada uno lo que es propio suyo, sin lo cual parece imposible, no digo entender la Escritura Divina, pero ni aun mirarla: porque estas tres clases, juntas y mezcladas entre sí, como se hallan comúnmente en las impugnaciones, forman aquel velo denso y oscuro que la tiene cubierta e inaccesible. En la primera clase entran los herejes...
* En la segunda clase entran, en primer lugar, los doctores judíos o Rabinos, con todas aquellas ideas miserables, y funestas para toda la nación, que han tenido y tienen todavía de su Mesías, a quien miran y esperan como un gran conquistador, como otro Alejandro, sujetando a su dominación con las armas en las manos, todos los pueblos y naciones del orbe, y obligando a todos sus individuos a la observancia de la ley de Moisés...
* Nos queda la tercera clase de Milenarios, en que entran los católicos y píos, y entre estos, aquellos santos que quedan citados, y otros muchos de quienes apenas nos ha quedado noticia en general: pues muchos varones eclesiásticos y mártires son del mismo sentir.
* Lo que acabo de decir aquí de éste, lo podéis extender sin temor alguno a todos cuantos han escrito contra los Milenarios. Yo a lo menos, ninguno hallo que no siga, o en todo o en gran parte esta misma conducta. Todos se proponen el fin general de impugnar, destruir y aniquilar un error; mas antes de descargar el gran golpe, distinguen unos Milenarios de otros: los herejes torpes, de los judaizantes, éstos y aquellos, de los inocuos. ¿Para qué? ¿Para condenar a los unos y absolver a los otros? Parece que no, porque al fin el gran golpe cae sobre todos. Todos deben quedar oprimidos bajo la sentencia general, y la cualidad de inocuos solo puede servirles para tener el triste consuelo de morir inocentes.
* Después de la venida del Señor, que esperamos en gloria y majestad, habrá todavía un grande espacio de tiempo, esto es, mil años, o indeterminados, o determinados, hasta la resurrección y juicio universal.
* Los intérpretes del Apocalipsis (lo mismo digo de todos los que han impugnado a los Milenarios) para facilitar de algún modo la explicación de una empresa tan ardua, se preparan prudentemente con dos diligencias, sin las cuales todo estaba perdido. La primera es negar resueltamente que en el capítulo XIX se habla de la venida del Señor en gloria y majestad, que esperamos todos los cristianos. Esta diligencia, aunque bien importante, como después veremos, no basta por sí sola, así es menester pasar a la segunda, que es la principal, para poder fundar sobre ella toda la explicación. Esta segunda diligencia consiste en separar prácticamente el capítulo XX, no solo del capítulo XIX, sino de todos los demás, considerándolo como una pieza aparte, o como una isla, que aunque vecina a otras tierras, nada comunica con ellas. Si estas dos suposiciones (que así lo parecen pues no se prueban) se admiten como ciertas, o se dejasen pasar como tolerables, no hay duda que la dificultad no sería tan grave, ni tan difícil alguna solución. Mas si se lee el texto sagrado seguidamente con todo su contexto, ¿será posible admitir ni aun sufrir semejantes suposiciones?

Tercer tema:
SU SORPRENDENTE VISIÓN DE LA BESTIA, EL ANTICRISTO

* Tengo propuesto un nuevo Anticristo. Si éste es el verdadero, o no, yo no decido. Este juicio toca al juez, no a la parte. Así, no lo propongo como una aserción, sino como una mera consulta, sujetando de buena fe todo este Anticristo con todas las piezas de que se compone, no solamente al juicio de la Iglesia, que esto se debe suponer, sino también al juicio particular de los sabios que quisieren tomar el trabajo, no inútil, de examinarlo, de corregirlo, de ilustrarlo, de perfeccionarlo, y si les parece, también de impugnarlo.
* Pues este hombre de pecado, este hijo de perdición, este cuerpo moral, cuerpo de pecado cargado de ellos, cuando se vea crecido, y en perfecta madurez; cuando ya no tenga impedimento alguno para salir al público; cuando ciertos cuernos, que le han de nacer, hayan crecido hasta la perfección; cuando en fin haya ganado y puesto de su parte una bestia terrible de dos cuernos con todo su talento de hacer milagros, etc. entonces este hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone, y se levanta sobre todo lo que se llama Dios, se sentará en la Iglesia de Cristo, que es el templo del verdadero Dios, y vosotros sois el templo de Dios. Entonces mandará en este templo, y se hará obedecer, ya con el terror y fuerza de sus cuernos, ya también con los cuernos como de cordero de la otra bestia, y con su locuela de dragón. Entonces dispondrá libremente en este mismo templo de lo más sagrado, de lo más venerable, de lo más divino. Entonces se verá que hiciese guerra a los santos, y que los venciese. Entonces en suma, se verá hecho dueño y señor de la casa y templo de Dios, que sois vosotros, mostrándose dentro de este templo, en su conducta, en sus operaciones, en su despotismo, como si fuese Dios.
* Habiendo, pues, considerado las noticias que parten de este principio, y no hallando en ellas cosa alguna en que asentar el pie, ninguno puede tener a mal, que un punto de tanta importancia, en que se trata de la salvación o perdición de muchos, no solamente de los venideros, sino quizá también de los presentes, busquemos otro sistema y procuremos asentar otro principio, con el cual puedan acordarse bien, y fundarse sólidamente las noticias que nos da la Revelación; proponiéndolo en cualidad de una mera consulta al examen y juicio de los interesados.
* Según todas las señas y contraseñas que nos dan las santas Escrituras, y otras nada equívocas que nos ofrece  el tiempo, que suele ser el mejor intérprete de las profecías, el Anticristo o el contra-Cristo, de que estamos tan amenazados para los tiempos inmediatos a la venida del Señor, no es otra cosa que un cuerpo moral, compuesto de innumerables individuos, diversos y distantes entre sí, pero todos unidos moralmente, y animados de un mismo espíritu, contra el Señor, y contra su Cristo. Este cuerpo moral, después que haya crecido cuanto debe crecer por la agregación de innumerables individuos; después que se vea fuerte, robusto y provisto con abundancia de todas las armas necesarias; después que se vea en estado de no temer las potencias de la tierra, por ser ya éstas sus partes principales, este cuerpo, digo, en este estado será el verdadero y único Anticristo que nos anuncian las Escrituras. Peleará este cuerpo Anticristiano con el mayor furor, y con toda suerte de armas contra el cuerpo místico de Cristo, que en aquellos tiempos se hallará sumamente debilitado, hará en él los mayores y más lamentables estragos, y si no acaba de destruirlo enteramente, no será por falta de voluntad, ni por falta de empeño, sino por falta de tiempo; pues según la promesa del Señor, aquellos días serán abreviados... Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva. Por tanto, se hallará nuestro Anticristo, cuando menos lo piense, en el fin y término de sus días, y en el principio del día del Señor. Se hallará con Cristo mismo que ya baja del cielo con aquella grandeza, majestad y potencia terrible y admirable con que se describe en el capítulo XIX del Apocalipsis, en San Pablo, en el Evangelio, en los Salmos, y en casi todos los Profetas, como lo veremos en su lugar.
* Lo primero que se entiende bien en un cuerpo moral, y lo primero que no se entiende de modo alguno en una persona singular es la definición del Anticristo. En toda la Biblia sagrada desde el Génesis hasta el Apocalipsis, no se halla esta palabra expresa y formal Anticristo, sino dos o tres veces en la epístola primera y segunda del Apóstol San Juan, y aquí mismo es donde se halla su definición. Si preguntamos al amado discípulo ¿qué cosa es Anticristo? nos responde por estas palabras: todo espíritu que divide a Jesús, no es de Dios, y este tal es un Anticristo, de quien habéis oído que viene; y que ahora ya está en el mundo.
* Volviendo ahora a nuestro propósito, lo que a lo menos podemos concluir legítimamente de todo lo que hemos dicho sobre la bestia del Apocalipsis, es esto: que siendo esta bestia, por confesión de casi todos los doctores, el Anticristo que esperamos; que anunciándose por esta metáfora terrible y admirable, tantas cosas, tan nuevas, tan grandes y tan estupendas, que deben suceder en aquellos tiempos en toda nuestra tierra; debe ser este Anticristo que esperamos, alguna otra cosa infinitamente diversa, y mayor sin comparación de lo que puede ser un hombre, individuo y singular, aunque éste se imagine y se finja un monarca universal de todo el orbe, como quien finge en su imaginación un fantasma terrible que la misma imaginación lo desvanece y aniquila. No hay duda que en estos tiempos tenebrosos se verá ya un rey, ya otro, ya muchos a un mismo tiempo en varias partes del orbe, perseguir cruelmente al pequeño cuerpo de Cristo con guerra formal y declarada; mas ni este rey, ni el otro, ni todos juntos serán otra cosa en realidad, que los cuernos de la bestia, o las armas del Anticristo; así como en un toro, por ejemplo, ni el primer cuerno, ni el otro, ni los dos juntos son el toro, sino solamente las armas con que esta bestia ferocísima acomete, hiere, mata, y hace temblar a los que la miran. Esto es carísimo, y no necesita de más explicación.
* Si esperamos ver este hombre singular, este judío, este monarca universal, este dios de todas las naciones; si esperamos ver cumplido en este hombre todo lo que se dice de la bestia, y lo que por tantas otras partes nos anuncian las Escrituras, es muy de temer que suceda todo lo que está escrito así como está escrito, y que su Anticristo no parezca, y que lo estemos esperando aun después de tenerlo en casa... sea la causa principal o la verdadera de aquel descuido tan grande en que estarán los hombres.
* Paréceme (piensen otros lo que quieran) que una de las causas de este descuido, y tal vez la mayor, o la más inmediata, será sin duda la que vamos considerando, quiero decir las falsas ideas, no menos de la venida de Cristo, que de la venida o manifestación del Anticristo, y del Anticristo mismo. De modo que se verán todas las señales, y se cumplirán todas las profecías, y su Anticristo no parecerá. Y como por otra parte se sabe y se cree, que Cristo no vendrá, sin que antes venga la apostasía, y sea manifestado el hombre de pecado... estará ya Cristo a la puerta, y el verdadero Anticristo en vísperas de acabar sus días, y los Cristianos descuidados enteramente por la falsa persuasión de que todavía hay mucho que tirar. ¿Por qué? Porque el Anticristo ha de venir primero que Cristo; y este Anticristo, este Mesías y rey de los Judíos, este monarca de todo el orbe todavía no se ve, ni aun se divisa alguna señal o vestigio de la persona en todo el círculo horizontal. Por tanto, podrá cada uno decirse a sí mismo dos o tres horas antes de la venida de Cristo: Alma, muchos bienes tienes allegados para muchísimos años; descansa, come, bebe, ten banquetes.

Cuarto tema:
SU TORMENTOSA VISIÓN DEL FUTURO DE LA IGLESIA

* El respeto y veneración con que miro, y debemos mirar todos los fieles cristianos a nuestro sacerdocio, me obliga a andar con estos rodeos, y cierto que no me atreviera a tocar este punto, si no estuviese plenamente persuadido de su verdad, de su importancia, y aun de su extrema necesidad.
*  Sí, amigo mío, nuestro sacerdocio; éste es, y no otra cosa el que viene aquí significado, y anunciado para los últimos tiempos debajo de la metáfora de una bestia con dos cuernos semejantes a los del cordero. Nuestro sacerdocio, que como buen pastor, y no mercenario, debía defender el rebaño de Cristo, y poner por él su propia vida, será en aquellos tiempos su mayor escándalo, y su mayor y más próximo peligro. ¿Qué tenéis que extrañar esta proposición? ¿Ignoráis acaso la historia? ¿Ignoráis los principales y más ruidosos escándalos del sacerdocio hebreo? ¿Ignoráis los escándalos horribles y casi continuados por espacio de diez y siete siglos del sacerdocio cristiano? ¿Quién perdió enteramente a los judíos, sino su sacerdocio?
* ¿Qué tenemos, pues, que maravillarnos de que el sacerdocio cristiano pueda en algún tiempo imitar en gran parte la iniquidad del sacerdocio hebreo? ¿Qué tenemos que maravillarnos de que sea el únicamente simbolizado en esta bestia de dos cuernos? Los que ahora se admiren de esto, o se escandalizaren de oírlo, o lo tuvieren por un despropósito increíble, es muy de temer, que llegada la ocasión, sean los primeros que entren en el escándalo, y los primeros presos en el lazo. Por lo mismo que tendrán por increíble tanta iniquidad en personas tan sagradas, tendrán también por buena la misma iniquidad. ¿Qué hay que maravillarse después de tantas experiencias? Así como en todos tiempos han salido del sacerdocio cristiano bienes verdaderos e inestimables, que han edificado y consolado la Iglesia de Cristo, así han salido innumerables y gravísimos males, que la han escandalizado y afligido. ¿No gimió todo el orbe cristiano en tiempo de los Arrianos? ¿No se admiró de verse Arriano casi sin entenderlo, según esta expresión viva de San Jerónimo: lamentándose el mundo todo se admiró al reconocerse Arriano? ¿Y de dónde le vino todo este mal, sino del sacerdocio?
* ¿No ha gemido en todos tiempos la Iglesia de Dios entre tantas herejías, cismas y escándalos, nacidos todos del sacerdocio, sostenidos por él obstinadamente? Y ¿qué diremos de nuestros tiempos? Consideradlo bien, y entenderéis fácilmente cómo la bestia de dos cuernos puede hacer tantos males en los últimos tiempos. Entenderéis, digo, cómo el sacerdocio de los últimos tiempos, corrompido por la mayor parte, pueda corromperlo todo, y arruinarlo todo, como lo hizo el sacerdocio hebreo. Entenderéis en suma, cómo el sacerdocio mismo de aquellos tiempos, con su pésimo ejemplo, con persuasiones, con amenazas, con milagros fingidos, etc., podrá alucinar a la mayor parte de los fieles, podrá deslumbrarlos, podrá cegarlos, podrá hacerlos desconocer a Cristo, y declararse en fin por sus enemigos: se levantarán muchos falsos profetas, y engañarán a muchos. Y darán grandes señales. Y porque se multiplicará la iniquidad, se resfriará la caridad de muchos. ¡Oh! ¡Qué tiempos serán aquéllos! ¡Qué oscuridad! ¡Qué temor! ¡Qué tentación! ¡Qué peligro! Si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva.
* Persecuciones de la potencia secular las padeció la Iglesia de Cristo terribilísimas, y casi continuas, por espacio de 300 años, y con todo eso se salvaron tantos, que se cuentan no a centenares ni a millares, sino a millones. Lejos de ser aquellos tiempos de persecución peligrosos para la Iglesia, fueron por el contrario los más a propósito, los más conducentes, los más útiles para que la misma Iglesia creciese, se arraigase, se fortificase y dilatase por toda la tierra. No fue necesario ni conveniente abreviar aquellos días por temor de que pereciese toda carne; antes fue convenientísimo dilatarlos para conseguir el efecto contrario. Así los dilató el Señor muy cerca de tres siglos, muy cierto y seguro de que por esta parte nada había que temer; mas en la persecución o tribulación horrible de que vamos hablando, se nos anuncia claramente por boca de la misma verdad, que deberá suceder todo lo contrario: Porque habrá entonces grande tribulación, cual izo fue desde el principio del mundo hasta ahora, ni será. Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva. Pensad, amigo, con formalidad, cuál podrá ser la verdadera razón de una diferencia tan grande, y difícilmente hallareis otra, que la bestia nueva de dos cuernos que ahora consideramos, o lo que es lo mismo, el sacerdocio cristiano, ayudando a los perseguidores de la Iglesia y de acuerdo con ellos, por la abundancia de su iniquidad.
* No por esto se dice, que no habrá en aquellos tiempos algunos pastores buenos, que no sean  mercenarios. Sí, los habrá; ni se puede creer menos de la bondad y providencia del sumo pastor; mas estos pastores buenos serán tan pocos, y tan poco atendidos, respecto de los otros, como lo fue Elías respecto de los profetas de su tiempo, que unos y otros resistieron obstinadamente y persiguieron a los profetas de Dios; unos y otros hicieron inútil su celo, e infructuosa su predicación; unos y otros fueron la causa inmediata, así de la corrupción de Israel, como de la ruina de Jerusalén.
* Si todavía os parece difícil de creer que el sacerdocio cristiano de aquellos tiempos sea el únicamente figurado en la terrible bestia de dos cuernos, reparad con nueva atención en todas las palabras y expresiones de la profecía; pues ninguna puede estar de más. Dice San Juan, que vio esta bestia salir o levantarse de la tierra; que tenía dos cuernos como de cordero; pero que su voz o modo de hablar era no de cordero sencillo e inocente, sino de un maligno y astuto dragón; dice más que con esta apariencia de cordero manso y pacífico, y con la realidad de dragón, persuadió a todos los habitadores de la tierra, que adorasen o se rindiesen y tomasen partido por la primera bestia; que para este fin hizo grandes señales o milagros, todos aparentes y fingidos, con los cuales, y al mismo tiempo con su voz de dragón, o con sus palabras seductivas, engañó a toda la tierra; que obligó en fin a todos los habitadores de la tierra a traer públicamente en la frente o en la mano el carácter de la primera bestia, so pena de no poder comprar ni vender, etc. Decidme ahora, amigo, con sinceridad, ¿a quién pueden competir todas estas cosas, piénsese como se pensare, sino a un sacerdocio inicuo y perverso, como lo será el de los últimos tiempos? Los doctores mismos lo reconocen así, lo conceden en parte; y esta parte una vez concedida, nos pone en derecho de pedir el todo. No hallando otra cosa a que poder acomodar lo que aquí se dice de la segunda bestia (a la cual en el capítulo XVI y XIX se le da el nombre de pseudo-profeta) convienen comúnmente en que esta bestia o este pseudo-profeta, será algún obispo apóstata, lleno de iniquidad y malicia diabólica, que se pondrá de parte del Anticristo, y lo acompañará en todas sus empresas.
* Mas este obispo singular (sea tan inicuo, tan astuto, tan diabólico, como se quisiere o pudiere imaginar) ¿será capaz de alucinar con sus falsos milagros, y pervertir con sus persuasiones a todos los habitantes de la tierra? ¿Y esto en el corto tiempo de tres años y medio? ¿Y esto en un asunto tan duro, como es que todos los habitadores de la tierra tengan al Anticristo no sólo por su rey, sino por su dios? ¿No choca esto manifiestamente al sentido común? ¿No pasa esto fuera de los límites de lo increíble? Si en la Escritura Santa hubiese sobre esto alguna revelación expresa y clara, yo cautivaría mi entendimiento en obsequio de la fe; mas no habiendo tal revelación; antes repugnando esta noticia todas las ideas que nos da la misma Escritura, parece preciso tomar otro partido. Lo que no puede concebirse en una persona singular, se puede muy bien concebir y se concibe al punto en un cuerpo moral, compuesto de muchos individuos repartidos por toda la tierra; se concibe al punto en el sacerdocio mismo, o en su mayor y máxima parte, en el estado de tibieza y relajación en que estará en aquellos tiempos infelices.
* No es menester decir para esto, que el sacerdocio de aquellos tiempos persuadirá a los fieles que adoren a la primera bestia con adoración de latría como a Dios. El texto no dice tal cosa, ni hay en todo él una sola palabra de donde poderlo inferir. Sólo habla de simple adoración, y nadie ignora lo que significa en las Escrituras esta palabra general, cuando no se nombra a Dios, o cuando no se infiere manifiestamente del contexto: e hizo (ésta es la expresión de San Juan) que la tierra y sus moradores adorasen a la primera bestia... Así, el hacer adorar a la primera bestia, no puede aquí significar otra cosa, sino hacer que se sujeten a ella, que obedezcan a sus órdenes, por inicuas que sean, que no resistan como debían hacerlo, que den señales externas de su respeto y sumisión, y todo esto por temor de sus cuernos. Tampoco es menester decir, que el sacerdocio de que hablamos, habrá ya apostatado de la religión cristiana. Si hubiere en él algunos apóstatas formales y públicos, que sí los habrá, y no pocos, éstos no deberán mirarse como miembros de la segunda bestia, sino de la primera. Bastará, pues, que el sacerdocio de aquellos tiempos peligrosos se halle ya en aquel mismo estado y disposiciones en que se hallaba en tiempo de Cristo el sacerdocio hebreo, quiero decir, tibio, sensual y mundano, con la fe muerta o dormida, sin otros pensamientos, sin otros deseos, sin otros afectos, sin otras máximas que de tierra, de mundo, de carne, de amor propio, y olvido total de Cristo y del Evangelio. Todo esto parece que suena aquella expresión metafórica de que usa el apóstol, diciendo: que vio a esta bestia salir o levantarse de la tierra.
* Añade, que la vio con dos cuernos semejantes a los de un cordero; la cual semejanza, aun prescindiendo de la alusión a la mitra, que reparan varios doctores, parece por otra parte, siguiendo la metáfora, un distintivo propísimo del sacerdocio, que a él solo puede competir. De manera, que así como los cuernos coronados de la primera bestia significan visiblemente la potestad, la fuerza, y las armas de la potencia secular de que aquella bestia se ha de servir para herir y hacer temblar toda la tierra; así los cuernos de la segunda, semejantes a los de un cordero, no pueden significar otra cosa, que las armas o la fuerza de la potestad espiritual, las cuales aunque de suyo son poco a propósito para poder herir, para poder forzar, o para espantar a los hombres; mas por eso mismo se concilia esta potencia mansa y pacífica, el respeto, el amor y la confianza de los pueblos; y por eso mismo es infinitamente más poderosa, y más eficaz para hacerse obedecer, no solamente con la ejecución, como lo hace la potencia secular, sino con la voluntad, y aun también con el entendimiento.
* Mas esta bestia en la apariencia mansa y pacífica (prosigue el amado discípulo), esta bestia en la apariencia inerme, pues no se le veían otras armas que dos pequeños cuernos semejantes a los de un cordero, esta bestia tenía una arma horrible y ocultísima, que era su lengua, la cual no era de cordero, sino de dragón: hablaba como el dragón. Lo que quiere decir esta similitud, y a lo que alude manifiestamente, lo podéis ver en el capítulo III del Génesis. Allí entenderéis cuál es la lengua, o la locuela del dragón, y por esta la locuela entenderéis también fácilmente la locuela de la bestia de dos cuernos en los últimos tiempos, de la cual se dice, que como habló el dragón en los primeros tiempos, y engañó a la mujer, así hablará en los últimos la bestia de dos cuernos, o por medio de ella el dragón mismo. Hablará con dulzura, con halagos, con promesas, con artificio, con astucias, con apariencias de bien, abusando de la confianza y simplicidad de las pobres ovejas para entregarlas a los lobos, para hacerlas rendirse a la primera bestia, para obligarlas a que la adoren, la obedezcan, la admiren, y entren a participar o a ser iniciadas en su misterio de iniquidad. Y si algunas se hallaren entre ellas tan entendidas que conozcan el engaño, y tan animosas que resistan a la tentación (como ciertamente las habrá) contra éstas se usarán, o se pondrán en gran movimiento las armas de la potestad espiritual, o los cuernos como de cordero, prohibiendo que ninguno pueda comprar, o vender, sino aquel que tiene la señal, o el nombre de la bestia. Éstas serán separadas de la sociedad y comunicación con las otras, a éstas nadie les podrá comprar ni vender, si no traen públicamente alguna señal de apostasía: porque ya habían acordado los judíos, dice el evangelista, que si alguno confesase a Jesús por Cristo, fuese echado de la sinagoga. Aplíquese la semejanza.
* Esta bestia que acabamos de observar, persuadirá a los hombres, dice San Juan, que lleven en la mano o en la frente el carácter de la primera bestia, o su nombre, o el número de su nombre, so pena de no poder comprar ni vender, que es lo mismo que decir, so pena de muerte. El mismo apóstol, para dar alguna luz o alguna esperanza de entender toda esta metáfora, la cual evidentemente no convenía que se entendiese antes de tiempo, concluye todo el capítulo con estas palabras enigmáticas. Aquí hay sabiduría. Quien tiene inteligencia, calcule el número de la bestia. Porque es número de hombre; y el número de ella seiscientos sesenta y seis.
* Y apareció en el cielo una grande señal: una mujer cubierta del sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando en cinta, clamaba con dolores de parto, y sufría dolores por parir.

* Cuando decimos, u oímos decir, que la verdadera Iglesia cristiana pare verdaderos hijos de Dios, lo que únicamente entendemos por esta locución figurada es que la Iglesia activa, que es en propiedad nuestra madre, habiendo admitido benignamente, y recibido dentro de su espaciosísimo seno algunos infieles, que piden este beneficio, los instruye primero plenamente en los misterios que deben creer, y en las leyes que deben observar. Todo el tiempo que dura esta instrucción, se dice con propiedad, que están éstos como en el vientre de la madre; la cual, como dice San Agustín, cría a sus hijos con oportunos alimentos, y los lleva alegre en su mente, hasta que llega el momento de darlos a luz. Este día de parto no es otro que el día del bautismo, después del cual, la misma iglesia los reconoce por hijos suyos, como que ya son hijos de Dios por la regeneración en espíritu, etc.
* Si la mujer vestida del sol es la Iglesia en los tiempos del Anticristo, lo que se anuncia por aquellas palabras: Y estando en cinta, clamaba con dolores de parto, y sufría dolores por parir, es esto solamente: que la Iglesia en aquellos tiempos tendrá grandes embarazos, dificultades y contradicciones para instruir...
* Para la mejor inteligencia de estos misterios, como también de todo el Apocalipsis, importaría mucho traer a la memoria lo que ya hemos notado en varias ocasiones. Primero: que el libro divino del Apocalipsis es una profecía  admirable, enderezada toda a la segunda venida del Mesías. Segundo: que esta admirable profecía es toda, o casi toda, una continuada alusión a toda la Escritura, o como un extracto o análisis de la misma Escritura. Se ven principalmente estas alusiones a todo cuanto hay en ella de más singular, de más grande, de más interesante en el asunto gravísimo de la venida del Hombre Dios en gloria y majestad; comprendiendo en este asunto gravísimo, así las cosas más notables que han de preceder a esta venida, como las que la han de acompañar, como también todas sus consecuencias. El Apocalipsis, señor mío, no es tan oscuro, si se quiere atender a sus vivas y casi continuas alusiones...
* En muchísimas partes de sus Epístolas (San Pablo) se observa esta contemplación, o esta bondad y ternura de madre con que trata a los nuevos cristianos. Aunque siempre les dice la verdad, aunque nada les oculta de lo que les importa saber; mas algunas verdades, cuya noticia clara e individual no les era tan necesaria por entonces, se las dice con grande economía, mostrándoles claramente lo necesario, y como ocultándoles de algún modo lo menos necesario que pudiera ocasionar alguna turbación. Así se ve que muchas veces corta la cláusula, dejándola casi sin sentido, por no explicarlo todo, o porque no se entendiese todo fuera de tiempo.
* ¿Qué les importaba a los Cristianos del primer siglo el saber con ideas claras lo que había de suceder en el mundo, verbi gratia dos mil años después? Pero importaba infinito que todo esto quedase escrito, aunque con algún disfraz, para que sirviese cuando fuera necesario, cuando el tiempo y los sucesos mismos empezasen a abrir el sentido, y a alumbrar en la oscuridad: como... una antorcha que luce en un lugar tenebroso.

Quinto tema:
SU MAGISTRAL VISIÓN DE LA CAUSA DEL DILUVIO Y LO QUE SUCEDERÁ

* Con la venida en gloria y majestad del Señor Jesús, destruidos enteramente los cielos y la tierra, que ahora son, comenzarán otros nuevos cielos y otra nueva tierra, donde habitará en adelante la justicia dice S. Pedro en su segunda Epístola, cap III); ¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso quiere decir que los cielos y la tierra, o el mundo universo que ahora es, dejará entonces de ser, o sea aniquiliado, para dar lugar a la creación de otros cielos y de otra tierra? Mas en medio de esta concisión y aparente oscuridad, descubre fácilmente a quien quisiere mirarle todo entero y con la necesaria atención, su propio y natural sentido.
* Hasta el diluvio universal parece más que verosímil, que nuestro globo, con toda su atmósfera y todo lo que llamamos naturaleza, había perseverado en el mismo estado físico en que había salido de las manos del Criador. Mas, habiendo llegado esta época terrible, parece igualmente cierto que todo se alteró, tierra, mar y atmósfera, y todo quedó en esta alteración y desconcierto hasta el día de hoy. Se alteró la superficie de la tierra, ocupando las aguas desde entonces hasta la presente una gran parte de lo que antes era un continente unido. Se alteró también, y por la misma causa general toda la atmósfera de la tierra, pasando generalmente todos los climas o cielos diferentes, de la benignidad al rigor; de la templanza a la intemperie; de la uniformidad quieta y pacífica, a la inquietud y mudanza casi continua.
* Podemos creer y asegurar prudentísimamente, que las aguas inferiores se conservaron hasta el diluvio de Noé, sin mudanza alguna notable.
* El aspecto actual de esta superficie, y todos los descubrimientos de sus curiosos observadores, nos obligan a creer, sin poder racionalmente dudarlo, que las aguas del mar ocuparon esta que ahora es árida, o a lo menos una gran parte de ella, en otros tiempos muy anteriores; y éste no de paso sino establemente por muchos siglos. ¿Por qué? Porque en todo, o casi todo lo que ahora se llama árida o tierra habitable se hallan a cada paso despojos claros y palpables de los vivientes del mar, no solamente en la superficie de la tierra, o a poca distancia, sino hasta 60 y 80 pies, y tal vez más de profundidad; y esto no solamente en valles o tierras llanas, sino también en las colinas y montes secundarios, a los cuales se les da este nombre, porque parecen hechos después accidentalmente, por el movimiento y concurso violento y confuso de diversas materias.
* De este principio cierto e innegable, combinado con la historia sagrada, se sigue legítimamente, y se concluye evidentemente, que nuestro globo terráqueo no está ahora como estuvo en los primeros tiempos de su juventud. Por consiguiente, que ha sucedido en él en  tiempos remotísimos, respecto de nosotros, algún accidente grande y extraordinario, o algún transtorno universal de todas sus cosas, que lo hizo mudar enteramente de semblante: que obligó a las aguas inferiores a mudar de sitio; que convirtió el mar en seca, y también la seca en mar: que hizo formarse nuevos mares, nuevos ríos, nuevos valles, nuevas colinas, nuevos montes: en suma, una nueva tierra. Este accidente no puede ser otro, por más que se fatiguen los filósofos, que el diluvio universal de Noé.
* La misma causa general que produjo en todo nuestro globo un nuevo mar y una nueva árida, mudó también necesariamente todo el aspecto del cielo: quiero decir, no solamente el antiguo orden y temperamento de nuestra atmósfera, sino el antiguo orden y disposición del sol, de la luna, y de todos los cuerpos celestes, respecto del globo terráqueo. ¿Qué causa fue ésta? A mí me parece que no fue algún encuentro casual de nuestro globo con algún cometa... la hizo mover repentinamente de un polo a otro: quiero decir, inclinó el eje de la tierra 23 grados y medio, haciéndolo mirar por una de sus extremidades hacia la estrella que ahora llamamos Polar, o hacia la extremidad de la cola de la "Ursa" (osa) menor.
* Con esta repentina inclinación del eje de la tierra se debieron seguir al punto dos consecuencias necesarias. Primera: que todo cuanto había en la superficie del globo, así líquido como sólido, perdiese su equilibrio: el cual perdido, todo quedase en sumo desorden y confusión, no menos horrible que universal: que todo se desordenase, todo se trastornase, todo se confundiese, cayendo todas las cosas unas sobre otras, y mezclándose todas entre sí.
* La segunda consecuencia que debió seguirse necesariamente de la inclinación del eje de la tierra fue, que el círculo o línea equinoccial, que hasta entonces había sido una misma con la elíptica, se dividiese en dos, y que esta última cortase a la primera en dos puntos diametralmente opuestos, que llamamos nodos: esto es, en el primer grado de Aries, y en el primero de Libra. De lo cual resultó que nuestro globo no mirase ya directamente al sol por su Ecuador, sino solamente dos días cada año, el 21 de marzo y el 22 de septiembre; presentando siempre en todos los demás días del año, nuevos puntos de su superficie al rayo directo del sol. ¿Y de aquí qué resultó? Resultaron necesariamente las cuatro estaciones, que llamamos primavera, verano, otoño, e invierno: las cuales, desde los días de Noé, hasta los del Señor, han sido, son y serán la ruina de la salud del hombre, y como un castigo, o pestilencia universal, que ha acortado nuestros días, y los han hecho penosísimos, y aun casi insufribles.
* ¿Pues no había antes del diluvio estas cuatro estaciones? No, amigo, no las había, según yo pienso y según han pensado antes de mi algunos otros autores graves, religiosos y píos. Yo soy de parecer que antes del diluvio universal de Noé, no había estas cuatro estaciones del año, que en el presente son nuestra turbación y nuestra ruina; sino que nuestro globo gozaba siempre de un perpetuo equinoccio. En esta hipótesis, digo, todo me es fácil, y me parece que lo entiendo todo; así las observaciones de los naturalistas, como todo lo que leo en las Santas Escrituras.
* En esta hipótesis, lo primero: todos los climas, y aun todos los círculos paralelos al Ecuador, aunque diversos entre sí, debía cada uno ser siempre uniforme consigo mismos: lo mismo el mes de marzo, que en el de junio; y lo mismo en éste, que en septiembre y diciembre. Lo segundo: la atmósfera de la tierra, siendo en todas partes uniforme, debía en todas partes estar quieta, no cierto con aquella quietud que tiene el nombre inercia, o de inmovilidad, como está quieto un peñasco o un monte, sino con aquella especie de quietud natural y respectiva, que compete a un fluido cuando no es agitado violentamente por alguna causa externa que le obligue a perder su paz, su quietud, o lo que es lo mismo, su equilibrio; el cual equilibrio no impide, antes fomenta en todos los fluidos un movimiento interno, suave, pacífico y benéfico de todas sus partes. Lo tercero: en aquellos tiempos no había, ni podía haber huracanes o vientos violentísimos, no había ni podía haber naturalmente nubes horribles, densas, oscuras por el concurso y mezcla de diversos vapores y exhalaciones de toda especie: no había frotamiento violento de unas con otras por la contrariedad de los vientos: no se encendía con este frotamiento el fuego eléctrico: por consiguiente, no había aquellas lluvias gruesas y violentas, ni aquellas tempestades, ni aquellos truenos, ni aquellos rayos que ahora nos causan tanto pavor, y no solo pavor, sino daños y ruinas reales y verdaderas: así en los habitadores de la tierra, como en todas las obras de sus manos.
* De aquí resulta, y debía resultar naturalmente, sin milagro alguno que las constipaciones, las pestilencias, las enfermedades de toda especie, que ahora son sin número, eran entonces o pocas o ningunas: y que los hombres, y aun las bestias, vivían naturalmente diez o doce veces más de lo que ahora viven, muriendo de pura vejez, después de haber vivido sanos y robustos, unos 700, otros 800, y algunos más de 900 años, como consta de la historia sagrada.
* Conque los nuevos cielos y nueva tierra, o del mundo nuevo que esperamos después del presente, debe ser sin comparación mejor que el presente, y esto no solamente en lo moral, sino también en lo físico y material. En lo moral, porque en él habitará la justicia. También en lo físico y material, porque el mundo nuevo que esperamos, lo esperamos según las promesas de Dios.
* Esta gran mudanza que esperamos de nuestro mundo presente del mal en bien, me parece a mí, según mi sistema, que debe comenzar por donde comenzó en tiempo de Noé, de bien en mal. Quiero decir, por la restitución del eje de la tierra a aquel mismo sitio donde estaba antes del diluvio, o lo que es lo mismo, por la unión de la eclíptica con el Ecuador.
* Lo primero que se comprende al punto, en esta hipótesis, es los anuncios terribles, que para el día grande del Señor se hallan a cada paso en los profetas, en los Salmos, en los Evangelios, en los escritos de los Apóstoles y en el Apocalipsis. Para ver con los ojos esta concordancia, imaginemos por un momento, que ahora en nuestros días sucede esta inclinación del eje de la tierra, necesaria para que la eclíptica y la equinoccial se unan entre sí y formen una misma línea individual: imaginemos también, que somos dueños de nuestra imaginación, que desde cierta altura competente y segura observemos con buenos telescopios todas las cosas particulares que suceden aquí abajo, de resulta natural y forzosa de la unión de estas dos líneas o círculos máximos, que ahora se cortan mutuamente, y producen en este corte oblicuo las cuatro estaciones enemigas.
* En este caso que suponemos repentino y violento, en este caso, digo, deben seguirse naturalmente todas estas consecuencias anunciadas en la Escritura de la verdad. Primera: que nuestra tierra o nuestro globo, moviéndose de polo a polo, se mueva realmente de su lugar.
* Segunda consecuencia: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, piensen todos sus habitantes, que los cielos o todos los cuerpos celestes, sol, luna, planetas y estrellas, se muevan con la misma violencia o ligereza, en sentido contrario. Esta apariencia o ilusión es tan frecuente como natural.
* Tercera consecuencia: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, se turbe y oscurezca horriblemente toda nuestra atmósfera, y que esta turbación y mezcla de tantas partículas heterogéneas, que nadan en ella, nos impida entonces el aspecto libre de los cuerpos celestes; no como lo hacen ahora las nubes, las cuales aunque sean densísimas, siempre dejan pasar muchos rayos de luz, suficientes para distinguir el día de la noche; sino de otro modo insólito e infinitamente más horrible, que sin ocultarnos del todo estos cuerpos celestes, no lo hagan aparecer, ya negros, ya pálidos, ya sanguíneos; produciendo en nuestra superficie otra especie de oscuridad muy semejante a las tinieblas de Egipto: ni las llamas puras de las estrellas podían alumbrar aquella noche horrorosa.
* Cuarta consecuencia: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, todas cuantas cosas se hallan en su superficie, pierdan su equilibrio; el cual perdido, todas caigan unas sobre otras confusa e irremediablemente, así como sucedió en los días de Noé.
* Quinta consecuencia: que moviéndose la tierra de un polo a otro, pierdan también su equilibrio, por la misma causa general, las aguas del mar; el cual perdido, se alboroten, se conturben, se derramen sobre muchos lugares, de lo que ahora es árida, y espanten con sus bramidos horribles aun a los que se hallan distantes de sus playas. No hay que temer por esto que suceda en nuestra tierra otro diluvio.
* Sexta consecuencia: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, no solamente se conturbe toda la atmósfera, se enturbie, se oscurezca por la multitud de vapores y exhalaciones de toda especie, como vimos en la tercera consecuencia; sino que mezclándose éstas entre sí, y chocando violenta y confusamente las unas con las otras, exciten con este frotamiento el fuego eléctrico, y produzcan por consiguiente una prodigiosa multitud de rayos, los cuales consuman y conviertan en ceniza la mayor y máxima parte de los hombres, y de las obras de sus manos; pues esto es lo que se anuncia frecuentísimamente en las Escrituras. Esto es lo que se lee en el Evangelio, cuando se dice: las estrellas caerán del cielo: las cuales palabras, según yo pienso con otros muchísimos, no pueden tener otro verdadero sentido.
* Todas estas cosas son buenas, y pueden ser utilísimas, si se busca sinceramente la verdad, y si esta verdad sea dulce o amarga, se recibe y abraza después de conocida. Dije que es incierto cuánto tiempo durará el día grande y horrible de la venida del Señor. Ahora me parece cierto que no puede durar menos que el espacio de 45 días naturales.

Quien quiera conocer el texto original de Lacunza, de acuerdo con la segunda edición de Ackermann de 1826, podrá hacerlo gracias a la tecnología moderna, buscando en la página WEB de la Biblioteca Nacional de Chile cuya dirección es:
 

Mediante este vínculo, se accede a la sección Catálogo de manuscritos y documentos, entre cuyas Obras figura la de Lacunza en una edición digital basada en la edición de Londres, Santiago de Chile, R. Ackermann Strand, 1826:

La venida del Mesías en gloria y majestad,
observaciones de Juan Josafat Ben-Ezra. Tomo I

La venida del Mesías en gloria y majestad,
observaciones de Juan Josafat Ben-Ezra. Tomo II

La venida del Mesías en gloria y majestad,
observaciones de Juan Josafat Ben-Ezra. Tomo III

Los Tomos I y II se muestran completos, el Tomo III no se encuentra disponible por estar en proceso de corrección.

CIERRE DE PÁGINA

Deseo rememorar un relato humano a la luz del resplandor del Padre Lacunza que aun encandila estas humildes cuartillas. Este es el relato tal cual la historia lo ha mantenido y que en InterNet encontré:

Su nombre era Fleming, y era un granjero escocés pobre. Un día, mientras trabajaba para dar de comer a los suyos, escuchó un grito de auxilio desde un pantano cercano. Fleming tiró sus herramientas al suelo y corrió al pantano. En el centro del pantano, encontró un niño sumergiéndose lentamente, gritando y luchando para liberarse.
EL granjero Fleming salvó al pequeño de lo que pudo haber sido una muerte lenta y aterrorizante. El día siguiente, un carro lujoso se detuvo enfrente de la casa de Fleming. Un hombre de la nobleza muy bien vestido salió del auto y se presentó como el padre del niño que Fleming había salvado.
- Quisiera recompensarlo -, dijo el noble - usted ha salvado la vida de mi hijo -.
- Jamás podría aceptar una recompensa por lo que he hecho - el granjero respondió -. En ese momento, el hijo del granjero se asomó a la puerta.
El noble preguntó, "¿Es ese su hijo?"
- Sí - el granjero respondió orgulloso.
- Le propongo un trato. Permítame darle una buena educación. Si es cierto que de tal palo tal astilla, lo hará muy orgulloso -.
El granjero Fleming aceptó la oferta, y con el tiempo, el pequeño se graduó de la academia médica del hospital de St. Mary, y más tarde se dio a conocer en todo el mundo como Sir Alexander Fleming, descubridor de la Penicilina quien señaló: "Si mi laboratorio hubiese estado equipado con el moderno instrumental de muchos otros que yo había visitado, es posible que jamás me hubiera topado con la penicilina.". En 1944 Alexander Fleming recibió de la Corona británica un título nobiliario y en 1945 obtuvo con Florey y Chain el premio Nobel de Medicina. Años después, el hijo del noble cayó con pulmonía. ¿Qué lo salvó? La penicilina.
El nombre del noble, padre del niño salvado por el granjero, era Lord Randolph Churchill.
El hijo del noble era el que llegó a ser famoso Sir Winston Churchill.
Hace pocos días, el 17 de junio se cumplió el 270 aniversario de la llegada a la forma física de Manuel Lacunza y me impacta en especial su magistral visión del Anticristo, no como un ente individual, como la mayoría supone, sino que, como Lacunza lo expone:
Como un cuerpo moral, compuesto de innumerables individuos, diversos y distantes entre sí, pero todos unidos moralmente, y animados de un mismo espíritu, contra el Señor, y contra su Cristo. Este cuerpo moral, después que haya crecido cuanto debe crecer por la agregación de innumerables individuos; después que se vea fuerte, robusto y provisto con abundancia de todas las armas necesarias; después que se vea en estado de no temer las potencias de la tierra, por ser ya éstas sus partes principales, este cuerpo, digo, en este estado será el verdadero y único Anticristo que nos anuncian las Escrituras.
Pareciera que al definirlo al Anticristo, Lacunza contemplaba en el futuro el actual Nuevo Orden Mundial.

La errada interpretación general impide apreciar las señales ya cumplidas previas al retorno del Enviado al seguir la gente esperando una persona... Para entender mejor nuestra situación ante la Sagrada Profecía en la que lo revelado se cumple, pienso que conviene tener presente lo señalado en noviembre de 2000, cuando el Venerable Rabino de Jerusalén Ovadia Yosef dijo a su Pueblo y el mundo:

Los judíos muertos en el holocausto lo fueron por sus pecados de la anterior vida y que ellos decidieron ajustar en esta vida sus culpas pasadas. Las víctimas de los malditos nazis fueron pobres gentes que eran reencarnaciones de espíritus pecadores, gente que transgredió e hizo todo tipo de cosas que no deberían haber cometido, y que reencarnaron para hacer penitencia.
Bajo este milenario concepto de Reencarnación y Karma, esos nobles mártires de hace algo más de 55 a 60 años, vinieron al mundo por karma a desarrollar Sagradas Leyes como las de Sacrificio y Perdón. En cambio, pasar a ser parte de la Bestia no es karma, sino pleno uso del libre albedrío y personal manera de pensar de la que cada cual es responsable. El karma así adquirido quedará para lo próxima encarnación... y no en un Mundo Nuevo precisamente. Quizás por ello, en ocasiones, cuando me acuerdo de rezar, suelo decir:
PADRE: Si no soy digno de estar entre los que recibirán a JesuCristo en Su retorno, humildemente Te pido, no me dejes encontrarme entre los que a Él se opondrán.
Su análisis de lo que significa Nuevos Cielos y Nueva Tierra es propio de una sabiduría inspirada que supera el natural raciocinio humano. Lo importante en el mensaje a nosotros dejado por el Padre Manuel Lacunza, es que estamos advertidos y quien toma la advertencia tiene mente y por tanto con mentalidad positiva puede hacer de un apocalipsis un ANTIAPOCALIPSIS. La historia recién mostrada y tan especial en las paralelas vidas del Premio Nobel de Medicina sir Alexander Fleming y de sir Winston Churchill, mirada a la luz de la profecía de Lacunza me hacen destacar tres palabras:

DESTINO - SUERTE - MENTE POSITIVA

Sea uno quien sea, todos tenemos un Destino cuya Suerte, buena, regular o mala estará dada por sobre todas las cosas en la medida de la Mente Positiva que se tenga. Sin el incidente del pantano, donde su padre salvó a un niño de morir, Alexander Fleming no habría sido quien fue y Winston Churchill hubiera muerto de niño. Pero ¿cuántos con la educación recibida en agradecimiento por Fleming han llegado a ser Premio Nobel? ¿Cuántos jóvenes salvados de morir han llegado a ser lo que Winston Churchill fue? Ambos ayudaron a su DESTINO y SUERTE con una ACTITUD MENTAL POSITIVA que les permitió ser quienes fueron.

Lacunza mostró un futuro cuya realidad no podemos ya ignorar ni su Iglesia desconocer. Cada uno es soberano o no para ser una agregación mental más de la Bestia o Anticristo. Cada uno es soberano o no si contribuye a que la natural verticalización del eje de la Tierra, que ya se manifiesta en varios grados, deba suceder de manera brusca o cataclismática o en forma gradual y menos apocalíptica. En cuanto a la actual variación del eje de la tierra por verticalización del mismo, presiento que en los últimos 25 años ha variado hacia la vertical desde 23.5 grados de inclinación a unos 18 grados, y eso explicaría que hoy en día vivimos, en promedio, más años, al igual que nuestros animales mascotas, y el tiempo transcurre más rápido, entre otras cosas... ¿Cómo lo sabe? ¿Con qué base científica lo afirma? más de uno se preguntará con justa razón bajo el modelo de pensamiento de su paradigma vital que es lineal. Esto es solo una personal percepción, que ni siquiera he estudiado en cuanto factibilidad, pero... Cuando, amigo, el raciocinio científico y el dogmatismo religioso y filosófico chocan con los límites humanos que impiden saber siquiera si hay un antes de nacer, si habrá un después de morir o si existe algo más allá del tiempo y del espacio, queda campo libre para la especulación de todo tipo, campo libre para la imaginación, intuición humana y la revelación que permiten al sexto sentido abrir los portales de esos cuatro límites de la percepción humana de la vida y mostrar un infinito transpersonal. Puedo, por tanto, tranquilo y sin temor a la burla y descalificación de los doctos de la santa ignorancia, hablar y señalar lo que digo porque así lo siento, o mejor dicho presiento como válido a la luz del discernimiento. Si les agrada, es fruto de la personal voz transpersonal. Es por eso que lo SE y por eso lo AFIRMO con el fin de a otros mostrar sin imponer, para que cada cual por sí mismo, como única autoridad válida, decida su validez o no y esté o no preparado.

Señala Lacunza, y lo hace con esperanza entre la tormenta que visionó, que:

Todas estas cosas son buenas, y pueden ser utilísimas si se busca sinceramente la verdad, y si esta verdad sea dulce o amarga, se recibe y abraza después de conocida.
El parto planetario que hoy vivimos es inevitable y tenemos que aceptarlo en pleno conocimiento de la Verdad, dado que en cada uno de nosotros está atenuar sus dolores y lograr renacer ahora en la Luz. Esta reflexión me hace decir:

NO ILUSIÓN, SÍ FUTURA REALIDAD

Un Mundo Nuevo en lo moral, en lo físico y material, donde en forma natural la vida sana se acercará a los 1.000 años y la muerte ocurrirá por normal vejez, será la natural consecuencia del equilibrio planetario propio de la sutilización de la Tierra ya iniciada y que subió de 5.5 a 7.5 y ahora 11.5 ciclos por segundo en su pulso magnético, y llegará por sobre los 25 ciclos por segundo, en donde la armonía resultante se habrá impuesto al caos y desorden actual, en donde el cerebro se desarrollará por sobre el actual tope del 10% de desarrollo al de 25% y la mente expandida hasta un 25% de su potencial, dioses nos hará ser, al proyectarnos hacia más allá de las estrellas llevando nosotros en ese futuro, a lo mejor cercano, la nueva chispa de vida a jóvenes mundos... Hermano amigo, levantemos la cabeza, activemos la Mente Positiva y con buenos pensamientos, recibamos dignamente el fruto del parto planetario. Saber que ese fruto será nuestro renacer en la LUZ, deberá llenarnos de positva energía renovadora por sobre la basura mental que nos rodea, y es fruto a su vez de la individual depuración humana, tan necesaria previo al cambio cuya palabra Apocalipsis que significa Revelación, lo marca con lo negativo por ignorancia nuestra. Por ello, como una manera de lo antinegativo que desde ahora tenemos que pensar, uso la palabra ANTIAPOCALIPSIS para referirme con esperanza y convicción al Nuevo Mundo, con nuevos cielos, nueva tierra y Hombre Nuevo que seremos a su debido tiempo, TODOS sin dogmática ni sectaria discriminación.

Tenemos la soberana facultad mental de hacer un cielo de un infierno y un infierno de un cielo. Nuestra mente de acuerdo al libre albedrío que podrá estar bien o mal enfocada, con emisión de pensamientos positivos o negativos, con acumulación de basura mental o limpieza de la misma, mediante el Buen Pensar. En la medida de la calidad de lo que se piense seremos y viviremos igual, peor o mejor. Este es el Mensaje de MUNDO MEJOR a la Luz del conocimiento que el Padre Lacunza nos dejó, no con mirada escatológica humana, que es la norma del paradigma, sino que bajo el prisma de los dioses... que será nuestra nuevo modelo de pensamiento.

En un mundo en que la gente-masa no desea ser líderes y libres sino que seguidores y siervos, mensajes como el de Lacunza dan energía-fuerza al despertar de nuevas personas LIBRES líderes de sí mismos, y esto conlleva a recibir mejor Nuevos Cielos y Nueva Tierra en los que habrá positivos cambios físicos y morales donde la justicia habitará. Y eso si que es valioso, por ser ese el verdadero Despertar al que cada uno contribuye con el positivo pensar que desde ahora se logre tener para acelerar la Transfiguración humana y atenuar los efectos del cambio. Como lo dijo Manuel Lacunza S. J. la gran mudanza que esperamos de nuestro mundo presente será del mal en bien.

Dr. Iván Seperiza Pasquali
isp2002@vtr.net
Quilpué, Chile
25 de junio de 2001
http://www.isp2002.co.cl/